La Navidad en Marion Park

Desde mi ventana veía cómo iban montando la pista de patinaje en Marion Parque y entonces era cuando se podía decir que ya era oficial, que la Navidad había llegado. Durante todo el año esperaba aquella época expectante, vivía solo con mi madre y las fechas no eran todo lo familiares que se acostumbraban a ver en los anuncios de televisión o en los enormes carteles de los grandes almacenes, solo cuando podían venir mis abuelos se parecían un poco más a lo soñado, pero el carácter de ellos, en concreto el de mi abuelo culpando siempre a mi madre por estar sola criando a un hijo no hacía precisamente que el ambiente fuera tan jubiloso como nos hacían creer los expertos, no obstante,  aquel año, yo estaba más entusiasmado que nunca; había podido acabar la bufanda roja que le quería llevar a aquel hombre desconocido. Yo tenía diez años más  o menos y desde que empecé a tener uso de razón, recordaba a aquel hombre greñudo, alto, vestido con un abrigo largo de lana marrón a cuadros sentado en uno de los bancos viendo a la gente patinar;  a veces emulaba con los pies sobre la tierra del parque el suave zigzagueo de algún patinador o patinadora que se deslizaba con profesionalidad sobre la pista, incluso en alguna ocasión le veía disimuladamente soltar una carcajada viendo alguna caída absurda y a mí me hacía también sonreír. Algunas personas le traían vino caliente o un sándwich y a modo de agradecimiento asentía con la cabeza; no miraba a nadie a los ojos como queriendo pasar desapercibido. Aquel año sería yo quien le llevara algo especial, una enorme bufanda roja hecha por mí, bueno en realidad había tenido un poco la ayuda de mi madre pero casi toda la había sabido tejer yo solo. Ella veía bien que tuviera ese acto de beneficencia hacía otra persona aparentemente con menos recursos pero es verdad que ahora pienso que cuando se hacen estos gestos nunca se sabe quién es el que sale mayormente favorecido.

Aquel año quería llevarle la bufanda y por fin tendría alguna excusa para hablarle, estaba seguro que le iba a encantar y me daría las gracias y me invitaría a sentarme a su lado y  me explicaría historias interesantes y yo le contaría las mías.

Al día siguiente ya habían acabado de montar la pista y  cuando los primeros visitantes llegaban, lo vi aparecer a él, se dirigía a sentarse a su banco de siempre, tan tranquilo en sus gestos y con un aire desaliñado pero sin haberse olvidado por completo de su aspecto. Bajé rápido las escaleras de casa y fui a por la bolsa donde guardaba la bufanda, qué ganas de dársela tenía, de que me viera patinar a mí, de que me aplaudiera y de que incluso en el más increíble de los casos, se animara a patinar conmigo en algún momento. Al salir de casa,  mi madre se quedó en la puerta sin dejar antes de darme sus sermones de siempre, quería ir yo solo porque ya era mayor para cruzar la carretera, ella se quedaba dándome instrucciones de cómo pasar cuando el semáforo estuviera en verde, que no corriera, pero conforme me alejaba sus palabras se iban diluyendo en mis pensamientos de hacerme un nuevo amigo, de reírnos juntos, de hablar de nuestras cosas,  y cuando me quise dar cuenta ya estaba frente a él, extendiéndole la bolsa con mi regalo dentro sin poder articular palabra. El me miró fijamente y casi me quedé helado como la pista que tenía a mis espaldas, me preguntó que qué quería, y le dije, recuperando un poco más el aliento que nada, que solo le había hecho una bufanda muy grande para que pudiera abrigarse bien pero fue  entonces cuando me vine abajo de nuevo y salí corriendo como una de esas ardillas que se van asustadas cuando ven que la situación se complica.

Me dijo que no la quería, que porqué iba a aceptar aquel regalo por caridad; me apartó de su lado, sin tocarme, solo esquivándome la mirada. Volví sobre mis pasos sin saber qué hacer, porque no había calculado un plan B, porque no había visualizado la opción de que rechazara mi regalo.  Así la asa de la bolsa fuertemente conteniendo la desilusión y de repente el ruido de un claxon me acercó aún más al crudo momento. Me vi tirado en el suelo casi bajo las ruedas de una camioneta que había emergido de la nada hacía mí y  vi la bufanda roja volando por el aire sobre el cielo azul. Se arremolinaron cabezas sobre mí, murmurando y preguntándome si me encontraba bien, pero no sabía cómo explicarles que si me encontraba fatal no era por aquel repentino golpe.

Fue en ese justo momento cuando más abatido me sentía y ya nada podía ir peor, cuando apareció él; vi su cara y noté como me recogía del suelo sujetándome con fuerza,  olía  a madera, cogió también la bufanda y se la lió al cuello en unas vueltas, le quedaba mejor de lo que me había imaginado. Se abrió paso entre los concurrentes y me llevó hacía casa, mi madre ya estaba a nuestro lado y le iba indicando cual era nuestra puerta. Me subieron a mi habitación mientras él la tranquilizaba y le decía que no me había pasado nada, que era más el susto, que posiblemente estaba en estado de shock. Entre los dos me arroparon y se quedaron allí mientras me calmaba. Él posó suavemente su mano sobre la espalda delgada de mi madre mientras le decía que me pondría bien. Ella esbozó una dulce sonrisa sin dejar de mirarme y sin apartarse de él.

El resto ya es historia.

text & photo by Carmen Dacal | music Love of Lesbian Un dia en el parque

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ANTES Y DESPUÉS DE

Llegó nuevo a la ciudad, se instaló en la urbanización donde vivíamos. Era un distrito de casas de familias bien, con cierto poder adquisitivo y reconocidas entre la alta sociedad.  Ni siquiera sabíamos que había una casa en venta. Normalmente quien vive ahí no suele mudarse y dejar una casa así, a no ser que sea por una fuerza mayor;  una guerra, una catástrofe natural o una pandemia mundial. Tal vez estuviera de alquiler no obstante nadie estaba al corriente. Allí nos conocíamos todos. Más o menos sabíamos los unos de los otros, habíamos coincidido en barbacoas, mercadillos en el jardín o alguna subasta benéfica. Desde que se construyeron las casas se podría decir que habíamos estado unidos, éramos como una enorme familia y aunque es cierto que siempre te llevas mejor con unos que con otros, si surgía alguna aspereza que limar nunca llegaba más allá. Yo tenía mi grupo de amigos de allí, había ido con ellos desde niño al colegio y seguíamos juntos. A diferencia del resto de vecinos de nuestra edad a nosotros nos gustaba de forma sobrenatural la naturaleza, valga la redundancia. Al resto les gustaba jugar a videojuegos por internet, chateaban y quedaban y se relacionaban con chicas de forma virtual; nosotros preferíamos las grades aventuras aunque obviamente no dejábamos atrás los avances tecnológicos, pero nos gustaba distraernos del día día. Teníamos cerca un gran bosque de abetos y nos perdíamos e impresionábamos a las chicas enseñándoles nuestras pequeñas construcciones de madera. Nuestros otros amigos se reían de nosotros llamándonos héroes del pasado prehistórico, deslumbrando a las chicas con cabañas del más estilo neanderthal, pero a pesar de no ser del gusto hegemónico de todo el resto en el fondo nos respetábamos. 

Disfrutábamos cortando ramas, oliendo flores, subiendo el frío río  entre las rocas o contando los escasos animalillos que habíamos visto; era cierto que no corrían buenos tiempos para el mundo salvaje, nos estábamos volviendo cada vez más y más consumistas y estábamos devastando todo de forma subyacente a lo irracional, así que esperar a ver alguna ardilla o cervatillo resultaba todo un ejercicio de introspección pero la recompensa merecía la pena.

Desde la ventana vi salir a mi madre con un pastel de arándanos; los recoge del jardín y hace unos dulces espectaculares, tiene también eneldo y otras hierbas e incluso tomates.  Mis padres trabajan los dos pero mi madre parece ser que no se cansa tanto como mi padre y administra el tiempo mucho mejor, siempre hace muchas  más cosas en un día que las que hace él. 

En mitad de la calle la esperaba la madre de mi amigo Lucas, se dirigían a la casa del nuevo e inesperado residente, a penas pude verle bien porque se quedó en el alféizar pero si que se podía intuir su figura, era una persona de baja estatura y complexión no muy robusta, quizá un poco más redonda de la parte de arriba y más fina en extremidades, era poca cosa como se suele decir sin ánimo de ofender pero como acostumbra a pasar con ese tipo de fisionomías escondía una actitud dominante y segura, de gestos hábiles y sociables. 

Cuando mi madre entró en casa le pregunté si habían hablado de algo y me contó lo que les había dicho, resultó ser un nuevo profesor de historia. Tampoco sabíamos que al profesor que teníamos en esta asignatura nos lo iban a sustituir, me quedé extrañado pero esperé al día siguiente para saber algo más ya que a segunda hora de la mañana nos tocaba esa asignatura.

Al día siguiente salí de casa temprano, el día amaneció grisáceo y frío y había una estela verdosa todo a lo largo del cielo que podía alcanzar a ver, parecía una aurora boreal pero me dieron escalofríos y tropecé con el cubo de la basura y caí al suelo desde el monopatín, me sacudí los pantalones y al elevar la mirada vi la casa del nuevo inquilino.  Supuse que si empezaba ese mismo día las clases no estaría allí y me acerqué. Miré a través de las ventanas y no vi nada, ni un solo mueble y ni una sola caja por abrir. Me pregunté qué había pasado con los anteriores vecinos, cómo pudieron hacer una mudanza de un día para otro y porqué no habían dicho nada.

Sonó el timbre de la segunda hora de clase y entró por la puerta decidido nuestro nuevo profesor. Escribió con firmeza su nombre en la pizarra y mientras abría el libro nos dijo que habían contactado con el para sustituir al anterior maestro. Nos miramos entre nosotros y quisimos preguntar qué le había pasado pero ninguno nos atrevimos  a decir nada. 

Cuando llegué a casa dejé el patinete y fui a coger a nuestro perro para sacarlo un rato pero mi madre me llamó desde la cocina -qué pasa?- le pregunté. Me esperaba allí todavía vestida de oficina para decirme que la familia de uno de mis amigos y los de la casa de al lado se habían marchado sin decir nada -no puede ser, me lo hubiera dicho!- exclamé mientras salía con el perro corriendo hasta la casa de mi amigo. Llamé  a la puerta una vez y luego repetidas veces de forma insistente,  recorrí la casa mirando a través de las ventanas pero no lograba ver nada en el interior, en ninguna de las dos casas, cómo era eso posible! Contacté con el resto de los chicos y nadie sabía nada, uno de ellos dijo que su madre que padece insomnio oyó un estruendo en mitad de la noche pero que después de eso se quedó dormida por las pastillas y ya no oyó nada más. Intentamos localizarle  pero sus teléfonos no daban señal, habían desaparecido sin decir nada. 

A la mañana siguiente amaneció el día más gris que el anterior y al salir de casa de nuevo aquel escalofrío.

Cuando llegué a clases vi a varios compañeros arremolinados en la entrada 

-No entráis chicas -pregunté a mis compañeras de clase. 

-No te has enterado ? -me respondió una de ellas.

-Si, tampoco entiendo porque se han mudado sin decir nada!

-Qué mudanza, qué dices, alguien más a desaparecido!- replicaron. Por lo visto ayer un grupo de clases de recuperación se quedaron a repasar y han desaparecido, nadie sabe nada de ellos, eran casi quince personas y nadie sabe nada de ellos, solo sabemos que el conserje oyó un ruido desagradable sin saber de donde precedía pero no sabemos si tiene algo que ver-.

Aquel día suspendieron las clases durante el resto de semana. A la semana siguiente volvimos sin saber todavía nada sobre aquel misterio pero la dirección y la apa decidieron volver a la normalidad mientras la policía seguía investigando.

Cuando se reanudaron las clases yo ya estaba como en una nube, era todo muy extraño. Quise hablar con el profesor nuevo pero me rehuyó aludiendo a su falta de tiempo para atenderme.

Mis amigos y yo queríamos saber qué estaba pasando, decidimos irnos de acampada el fin de semana siguiente, estábamos relativamente cerca de casa pero aun así a dos de ellos sus padres no les dejaron venir, era comprensible, así que fuimos solo los tres.

Quería estar tumbado mirando las estrellas y queriendo descifrar algo de lo sucedido como si fuera un antiguo filósofo que tiene por delante algo importante que descubrir capaz de cambiar el ritmo del universo.

De repente en pocos días se habían esfumado varias personas, todo era un tanto irreal, como una serie de ciencia ficción donde hay cabos sueltos difíciles de atar y donde siempre existía algún personajes o personajes que desvelaban lo que estaba sucediendo. Nosotros queríamos ser esos protagonistas, esos no tan niños con walkie-talkies que estaban dispuestos a todo, tan sólo por salvar el mundo .

Durante el día del sábado pasamos el día ensimismados en nuestros pensamientos pero aun así intentabamos reírnos o hablar de alguna chica que nos gustaba . Dibujabamos cada uno en nuestro cuaderno el paisaje que nos rodeaba , cada uno con su perspectiva o con la corriente que más dominara  y luego comparabamos y votábamos el mejor y aunque no hubiera premio nos lo tomábamos como una competición real y seria. Lucas que era el más temperamental de nosotros no llevaba muy bien no ser el mejor, tan sólo una sola vez desde que jugábamos  perdió; en esa ocasión hizo en un ataque de arrogancia un tachón en el dibujo ganador diciendo que no era para tanto. Era sensiblemente egocéntrico pero era muy inteligente y tenía muchas especialidades , supongo que por eso pasábamos por alto ese narcisismo superlativo que le caracterizaba, al fin y al cabo nadie somos perfectos y aquella misma noche tras cenar y  con algún rescoldo todavía en la hoguera nos abrimos el whisky que había cogido de mi padre y Lucas una vez más hizo alarde de su lucidez que tanto admirábamos. Nos habíamos tumbado en nuestros sacos con el vaso de whisky, aquel lugar donde solíamos acampar era realmente mágico, era un punto en la montaña donde las luces de la ciudad no se oteaban, si veías por primera vez el cielo en la noche desde allí te faltaba un poco la respiración, al menos esa fue mi primera impresión, las estrellas se ven enormes, brillantes, chispeantes ,imponentes.  Y en aquella noche exacta, se mostraban, reveladoras. Sobre todo para mi amigo Lucas. Estuvimos divagando y preguntándonos porque habían desaparecido varios vecinos con todas sus pertenencias sin decir nada , o del grupo de alumnos de repaso. Les hablé también de mis escalofríos por las mañanas,  de aquella estela verdosa en el cielo al amanecer , del fuerte ruido en la noche que había oído la madre de otro de mis amigos. Y así fuimos diciendo uno por uno, por pequeño detalle que fuera, todo lo que íbamos recordando de aquellos últimos días , hasta que Lucas, excelso otra vez más , exclamó dando un brinco y derramando parte de la bebida de su vaso, que se nos estaba escapando un dato importante , un punto lógico de partida desde donde tal vez tirar del hilo; todo  había comenzado a ocurrir desde que aquel nuevo profesor y vecino había aparecido. Entonces recordé y les conté haberme acercado una mañana a su casa y que tras las ventanas no vi ni una sola caja por abrir se suponía que si era profesor al menos libros debía de tener.

Nuestra idea era volver a casa al día siguiente por la tarde, pero volvimos por la mañana después de desayunar, queríamos averiguar qué estaba pasando, podríamos haber avisado a la policia pero creímos que estaban demasiado ocupados y además todo eran suposiciones y solo teníamos una premisa, una idea surgida en mitad de la noche entre sorbos de whisky. 

Por el camino decidimos ir a casa directamente del nuevo profesor y hacerle algunas preguntas, porqué había venido a vivir allí, cómo había adquirido aquella casa, que había sido de los antiguos propietarios y del profesor de siempre. La idea era entrar en su casa y mientras charlábamos amigablemente observar cualquier detalle que nos diera alguna pista mas sobre todo lo que estaba sucediendo.

Acercándonos notamos el ambiente diferente incluso había un olor no reconocible, un tanto pestilente. Era domingo y siempre había algún mercadillo, niños con sus padres en bici, pero no había nadie paseando ni nada.

Conforme nos acercábamos a la casa del nuevo profesor vimos que el césped que le rodeaba estaba quebradizo, marrón como si se hubiera quemado. Mientras atravesabamos el césped que crujía a nuestros pies nos miramos el uno al otro para ver quien era el que se atrevía a llamar a la puerta. De repente noté de nuevo aquel escalofrío que me hizo sacudir el cuerpo. Presioné  al timbre hasta tres veces y al no obtener respuesta , golpeé levemente la puerta con los nudillos pero no parecía haber nadie.

No sabíamos qué hacer, entrar en su casa por alguna ventana quizá era venirse demasiado arriba. No estábamos en un episodio de Stranger Things, aquello era real y no teníamos a nuestro lado ninguna Eleven que nos rescatara y tampoco sabíamos si nuestras sospechas tenían algún fundamento, así que nos animamos a mirar solo a través de la ventana de al lado de la puerta para ver si había algo más en el interior que la primera vez que miré. Cuando pegamos nuestra cara al cristal los tres, de repente algo golpeó el cristal desde dentro  fuertemente, se rompió el vidrio, nos hizo caer al suelo y salimos corriendo como pudimos, entramos en mi casa dando un portazo sin parar de gritar. Jadeantes todavía tirados en el suelo balbuceamos entre gritos nerviosos queriéndonos explicar lo que acabábamos de presenciar, de lo que habíamos sido testigos, aquello que golpeó el cristal, aquello que nos atacaba estaba en el interior de aquella casa y fuera lo que fuera a juzgar por su aspecto viscoso de color verdoso y de olor repugnante, no era humano.

Mi perro estaba asustado más que nosotros solo de vernos y mis padres vinieron despavoridos preguntándonos si estábamos bien, ellos también estaban igual o casi más alterados que nosotros después de nuestra entrada quijotesca. Zarandeándome nos volvieron a preguntar si estábamos bien y le contesté rotundamente que no y les dije que nos dijeran que qué estaba pasando, porque no había nadie en las calles y porque tenían esa cara. Nos dijeron que habían querido llamarnos pero sabían que íbamos a estar más seguros en nuestro lugar de acampada, alejados de allí. Nos explicaron que al anochecer anterior se habían oído de forma continuada numerosos estruendos, ruidos ensordecedores y que algunas personas que  iban o venía por la calle desaparecía envueltas en un halo verdoso y acompañadas de aquel ruido insoportable.

Ahora si que lo teníamos claro. Sin decirnos nada solo con mirarnos confirmábamos nuestra premisa.

Teníamos que trazar un plan antes de que se acercara la noche, por lo visto era su hora preferida para empezar a atacar, así que teníamos que averiguar en tiempo récord cual era su punto débil para atacarle y deshacernos de esa pesadilla que estaba asolando a la ciudad.

Mis amigos les dijeron a mis padres que si podían avisar a los suyos que estaban en mi casa para que no se preocuparan. Mi madre nos subió algo de comer, era necesario reponer fuerzas para pensar, nunca nos habíamos encontrado ante algo así, teníamos que mantenernos fuertes y estar en casa seguros hasta dar con una idea eficaz.

Como solíamos hacer ante un problema fuimos recordando detalles alrededor del profesor, le preguntamos a mi madre si recordaba también algo que pudiera ayudarnos a conocer más el perfil de aquel nuevo monstruo vecino, si cuando le llevó el pastel había notado algo extraño. Me dijo que no había dicho nada porque no quiso parecer descarada que ni si quiera se lo comentó a la madre de Lucas que la acompaño pero notó el mismo escalofrío que yo notaba por las mañanas cuando les abrió la puerta junto con un olor desagradable. Luego estuvimos describiendo las personas que habían desaparecido de nuestro entorno, a nosotros dos nos parecía que era importante saber si esas personas tenían algo en común o el monstruo las atacaba de manera indiferente, sin embargo Lucas, siempre con un punto que difería de lo corriente, nos instó a observar mejor a las personas a las que no había atacado. Una vez habíamos hecho el listado de las personas vimos que todas  tenían algo en común, todos amaban la naturaleza y tenían un respeto por el entorno poco habitual por aquellos años. Ahora, después de todo aquello me doy cuenta que tuvo que pasar algo así para cambiar nuestra sociedad y de que mal lo estábamos haciendo.

Así que como en una tautología filosófica llegamos a la conclusión lógica que el monstruo odiaba la naturaleza o todo lo que tenía que ver con ella de alguna forma. De ahí el aspecto desolador del césped y flores que tenía en el jardín y la reacción contra nosotros cuando horas antes nos habíamos acercado a husmear en su casa.

Llamamos a nuestros otros dos amigos que no les habían dejado venir de acampada y les contamos todo lo que habíamos pensado, debíamos  atacar al monstruo con nuestras mejor arma, nosotros mismos.

Telefoneamos a todas los conocidos que sabíamos que respetaban y disfrutaban de la naturaleza, que compartían nuestro entorno.

A las ocho nos reunimos todos en la calle frente a su casa. No éramos muchos pero suficientes, cogidos de la mano fuimos avanzando hasta rodear toda la casa, hasta casi aprisionarla , hasta llegar a aplastar a tocar con nuestros cuerpos las paredes.

Acorralamos así la morada de aquel monstruo que solo se alimentaba de seres débiles y que campó a sus anchas perdonando vidas. 

Justo cuando mas fuertes nos sentíamos plantando cara a aquel monstruo verdoso y maloliente y más apretamos nuestras manos entrelazadas, se levanto desde la tierra debajo de la casa un colosal remolino y la arrancó de lo más profundo hasta hacerla elevarla sobre nuestras cabezas y llevarla muy lejos y cuando ya estaba a punto de desaparecer se oyó aquel ruido que otras personas habían podido escuchar aquellos días atrás,  como cuando abres el tapón para vaciar la bañera y el sumidero traga el agua con fuerza y con estrépito hasta que ya no queda nada.  

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OUT OF ME

No soy nada especial así como le dije.

Tengo el pelo casi negro, ni liso ni rizado, con ondulaciones. Me brilla cuando me da el sol.  Lo tengo suave y me lo seco al aire libre y se me queda como si hubiera ido a la peluquería. Dicen que eso es una suerte.

Los ojos los tengo casi negros, a veces me pongo línea de ojos negros y máscara de pestañas para resaltarlos y se me ven muy grandes y me hace una mirada muy de cine -dicen mis amigas y también algún amigo.

La nariz la tengo recta aunque se me marca un poco el hueso en la curvatura nasal; no me molesta, a veces hasta me ha entretenido y cuando las cosas no iban bien lo acariciaba y me calmaba un poco.

Tengo la piel siempre como bronceada, es porque tengo mucha cantidad de melanina, bueno no la llaman así exactamente, creo que se llama eumelanina que hace que mi piel sea más oscura, como si siempre estuviera morena. También dicen que es una suerte y no estar pálido a veces o blanco en invierno.

Mi boca es de labios carnosos pero no muy gruesos, el labio de arriba es ligeramente más fino que el de abajo. Y el arco de cupido muy marcado como si estuviera perfilado, pero no acostumbro a pintármelos, así no llamo mucho la atención.

Tengo el cuello esbelto y soy más bien delgada. En las rodillas tengo algunas marcas de heridas de cuando era pequeña y me escondía. Todavía se me notan y por eso no quiero llevar faldas.

Siempre me han gustado las bibliotecas. Es un bien importante en una sociedad. Todo está ahí. Si se quiere destruir el alma de una ciudad solo tienes que quemar en una hoguera todos los libros de su biblioteca. Me entristece pensar que a veces en la historia esto ha sucedido. Había un bibliotecario donde vivía que era muy guapo a mi parecer, llevaba un pendiente de cruz plateado en la oreja izquierda y a veces veía que lo tocaba, a lo mejor también intentaba calmarse por algo. Me transmitía cierta seguridad aunque el no lo supiera. A lo mejor ahora no sentiría lo mismo. Miraba y leía libros pero no me los podia llevar prestados porque me tenían que autorizar en casa.

Ahora un poco más mayor si que podría cogerlos pero sigo estando aquí leyendo mucho rato, aunque en esta biblioteca no hay ningún chico guapo pero bueno quizá es mejor, para evitar distraerme.

He ganado un concurso de dibujo. Teníamos que dejar la lámina colgada en un corcho muy grande habilitado para el certamen. Cuando he venido por la mañana he visto que ponía bajo el dibujo -Ganador 1er premio-. Pensé que tenía que poner –Ganadora- y no –Ganador-. Pero me puse contenta. Era un dibujo sobre las navidades. Todos hicieron un dibujo de cómo eran las navidades en su casa, yo dibujé como me las imaginaba. Me ha felicitado mi profesor y me ha dicho que dibujo muy bien y que llegaré lejos. Y me da risa. No soy nada especial. Los premios los entregaran en unos días, no sé lo que será.

También me gusta la música.

Normalmente tengo frío pero nunca logro recordar un abrazo de mi madre y me entra más frío hasta la frente y me tapo hasta arriba como puedo para no ver nada de nada.  

La señora de la tienda de abajo a la que a veces voy porque me piden algún recado en mi nueva casa es muy amable, habla con mucha educación y a veces aprendo cuando le habla a otras personas y yo escucho. Además de esto, creo que es una persona inteligente porque si son educados contigo, si tienes que comprar otro día más cosas, vuelves allí. Y a veces me guiña un ojo y me da una chocolatina. De pequeña nunca me daban chocolate y ahora me ha dejado de gustar pero yo lo acepto.

Hay una compañera de clase que es muy mentirosa y no me gusta. Porque a menudo cuanta historias a otros compañeros que yo he visto cómo pasaban y las cuenta diferente. Y por eso no me gusta, porque las mentiras son como monstruos invisibles que te rodean y te vuelven irreal; te vuelven a ti mismo más mentira que tus propias mentiras y te van alejando hasta la luna hasta que ya no se te ve y desapareces.

Quiero ser actriz. He hecho alguna obra de teatro en la escuela y me aplauden efusivamente y gritan mi nombre repetidas veces. Y les sonrío con gratitud. He ido a una agencia y quieren llevar mi carrera en exclusiva. También acabaré los estudios pero luego me dedicaré a ello plenamente y me formaré mucho. Dicen que tengo una buena imagen ante la cámara y buenas dotes interpretativas, que no hay nadie que se parezca a mí.

Mi padre a veces pegaba a mi madre y yo me escondía a gatas bajo unas tablas que había en un rincón de la cocina y a veces me arañaba las rodillas con cristales rotos de restos de botellas que se bebían. Olía fuerte como cuando voy a la tienda de debajo de casa cerca de los barriles de vino. Me tapaba los ojos para no ver nada de nada. Se fueron los dos, no se donde, nunca pregunto,  cada vez hace más tiempo, eso es verdad. No soy muy especial. Eso pienso.

De momento escribo hasta aquí porque no me apetece escribir más hasta otro día. Pero me ha ido bien hacerlo tal y como usted me aconsejó. Gracias.

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Liltle Light

Esa caja de mi abuela la habían enviado a casa de mi madre hacía mucho tiempo y nadie antes había querido abrirla. Mi madre quiso que fuera yo quien la custodiara. Entonces era un niño, así que esperé, tal vez de manera inconsciente, hasta que llegara el momento en el que tienes esa paciencia necesaria como para interesarte por la vida de los demás. Me puse cómodo en el sofá, subí la caja a la mesita, corté el precinto con unas tijeras en ambos lados y levanté la tapa.

Dentro estaba lleno de papeles, algunos parecían antiguos, otros no tanto y documentación que parecía oficial. En el fondo de la caja había varias fotos, una de ellas era un retrato de una mujer muy mayor con solo dos manos que me parecieron inmensas para su aparente tamaño.

Fui a echar un vistazo en el cuarto de la niña, ya dormía. Volví al salón y dispuse un par de documentos sobre la mesa,  en la zona más apartada de la chimenea. No sabía si había algún orden, escogí los que me parecieron y comencé a leer.

Escribía mi abuela según la firma. La historia iba sobre una tal Katie Wiener, de 17 años, de un país llamado Rusia. Era inmigrante y había conseguido escapar del incendio que se había producido en su lugar de trabajo; una fábrica textil, en la ciudad de Nueva York. Las puertas habían sido cerradas para evitar robos y por las ventanas no habían podido ser rescatadas porque las escaleras de los bomberos no eran lo suficientemente altas como para alcanzar el piso donde se encontraban. Katie pudo descolgarse por el hueco del ascensor que se había desplomado bajo sus pies con varias mujeres dentro que habían tratado de huir; entre ellas su hermana mayor, sobre la que tuvo que caminar para salvarse e intentar alcanzar las voces de rescate que se oían en las plantas inferiores. –Dejé ese documento, un tanto confundido y seguí leyendo el otro. Éste estaba traducido de una fuente original adjunta “Trabajo para una gran empresa textil –decía el testimonio-  me tienen casi sin comer y sin parar de trabajar durante todo el día, estoy triste, pero no puedo doblegarme. Si no consigo trabajar más no recibiré el dinero para casarme y qué será de mi, quién me querrá”  -Cogí, ávido, otro de los papeles de la caja. A juzgar por la cantidad que quedaba debían de haber ocurrido muchos casos similares. Pero, ¿qué hacía mi abuela entre todo esto? ¿Por qué poseía aquella documentación?

Proseguí leyendo.

 “Vivo en México, trabajo en una fábrica y trabajo en casa. Mi marido ahora esta desempleado y le pido por favor que me ayude con las tareas domésticas, que yo llego rotita a casa, y que tenga a los niños comidos, limpios y cuidados, pero me zarandea y me habla bien cerca de la cara y me recuerda quién se dejó hacer para traer niños al mundo y me dice puta y más cosas.  Y yo pienso que quizá tenga razón. En el trabajo el patrón abusa de mi, me da miedo no consentirle y que me deje en la calle, dice que si hago lo que él me pide, me subirá el salario y así  podré darle un futuro a mis hijos. Que piense en ellos que no sea tan egoísta. Entonces pienso en ellos y no me siento tan culpable de dejarme hacer hasta que entre una chiquita nueva a trabajar y se olvide de mí. Se que no está bien pero lo estoy deseando con todita mi alma, antes que sea peor y me quede con su semilla dentro y acabe como Margarita en el callejón…” –interrumpí la lectura, no podía creer nada ¿por qué le hacían todo eso a esas mujeres?

Rebusqué de nuevo entre la documentación y me detuve en una carta. En la parte superior tenía estampado un membrete, parecía una declaración a un departamento o a una institución. Se presentaba mi abuela y decía -Lo único que hemos podido conseguir es crear varias misiones y una organización de las naciones unidas: ésta tratará de conseguir una sociedad pacífica, próspera, igualitaria y sostenible partiendo de unas premisas. Pero no se si lo conseguiremos. Crear un guardián incorruptible en esta sociedad tan degradada, se presenta como una laboriosa tarea. No sé si lograremos nuestro objetivo. Tengo tantas dudas. A veces los observo y no alcanzo a vislumbrar un horizonte, los veo tan simples en un cerebro tan excelso. Deberíamos esperar un tiempo, volver a analizar a estas poblaciones en unos años.  Mi análisis final y categórico es que esta sociedad es poderosamente inteligente, capaz de crear uno de los planetas más maravillosos que hayan podido existir, por esto quise dedicar mi vida a ayudarles, a intentar guiarles, pero estoy agotada. Quizá haya llegado el momento de descansar y dejar paso a otras ideas. Se que  vendrán otros seres como yo, que vendrán a este planeta desde el nuestro y que asumirán otra identidad, física y emocional porque conozcan también las posibilidades de vivir en un lugar ejemplar como nunca lo habrá. A los que me sucederán les advierto que tendrán momentos de desesperación porque verán sucederse una y otra vez las mismas atrocidades pero que no abandonen, que sigan.

Vendréis con mis mismos anhelos y quizá tengáis la suerte como yo de ser reconocidos pero definitivamente necesitamos más refuerzos, más, más.

Estaba firmado por mi abuela pero esta vez bajo la rúbrica rezaba su apodo secreto en aquella operación.

Teresa de Calcuta

 

 

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Texto:       Carmen Dacal

ZENDA #hombresyalgunasmujeres.

 

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La Navidad en Marion Park

LA NAVIDAD EN MARION PARQUE

carmendacal

Desde mi ventana veía cómo iban montando la pista de patinaje en Marion Parque y entonces era cuando se podía decir que ya era oficial, que la Navidad había llegado. Durante todo el año esperaba aquella época expectante, vivía solo con mi madre y las fechas no eran todo lo familiares que se acostumbraban a ver en los anuncios de televisión o en los enormes carteles de los grandes almacenes, solo cuando podían venir mis abuelos se parecían un poco más a lo soñado, pero el carácter de ellos, en concreto el de mi abuelo culpando siempre a mi madre por estar sola criando a un hijo no hacía precisamente que el ambiente fuera tan jubiloso como nos hacían creer los expertos, no obstante,  aquel año, yo estaba más entusiasmado que nunca; había podido acabar la bufanda roja que le quería llevar a aquel hombre desconocido. Yo tenía diez años…

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LOST INNOCENCE

 

Era un bola cubierta de restos orgánicos echada en mitad de la calle. No muy grande.
Las personas que pasaban por su lado todavía caminaban con los sueños rezagados en los párpados y con el sabor a café y mantequilla flotando en el paladar. Así que nadie parecía darse cuenta de aquella bola callada. Como fieras amaestradas las personas se distribuían aquí y allí a lo largo y ancho de las calles yendo a sus lugares habituales.
El cielo engreído, ajeno casi siempre a todo lo que sucedía a sus pies, aquel día, se abría condescendiente y envolvía la fría estructura de la ciudad; esparcía su luz sobre los vidrios de los edificios confiriendo destellos infrecuentes a las calles, casi magia.

Una señora que paseaba a su perro  ataviada todavía con atuendo doméstico se agachó a recoger en una bolsa las necesidades de su mascota.
De soslayo miró la esfera quieta, estaba muy cerca y casi podía tocarla. En realidad deseaba tocarla pero aquello no le resultaba reconocible lo mirara por donde lo mirara. Sin poder apartar los ojos de ella, casi hipnotizada, quería esbozar una sonrisa pero sintió un leve escalofrío que le hizo temblar el cuerpo. Miró el reloj de muñeca de forma apresurada y un tanto aturdida. Subió a su casa y al entrar en ella se dirigió a la ventana a espiar. Quería ver si alguien conseguía acercarse a aquella bola que ahora, desde su casa, parecía menos intimidante.
Estuvo así hasta pasado el mediodía, sin desayunar ni ella ni su perro, sin comer, sin casi pestañear. Hasta que vio como un niño cruzó la calle yendo despavorido hacia aquello desconocido. Observó como las personas se arremolinaban a cierta distancia alrededor del chiquillo que asaltaba sin temor aquella esfera singular.
Mientras, la madre boquiabierta, veía desde la otra acera, desde donde su hijo había conseguido zafarse de ella, cómo la bola se hacía más grande, cómo borboteaban babas desde su interior como si estuviera alegre de que por fin alguien le dedicara tiempo y cómo su pequeño introducía valientemente la mano en el interior de esta. Metía la mano y la sacaba en un puño y la abría con fuerza al aire como si liberara a un pájaro enjaulado. De entre el flujo pegajoso fue extrayendo con destreza luces e imágenes y ruido, eran pasajes de vidas humanas y adultas que se quedaban colgadas en el aire durante leves instantes y desaparecían unos segundos después sin poder detenerlas. Lo hizo repetidamente, más de una docena de veces, cada vez con más ímpetu, cada vez más rápido.
El rostro de la mujer perpetrado tras el cristal se iba iluminando con aquellas imágenes como cuando una pared brilla iluminada por la luz de un televisor; en ella se veía reflejada retazos de su actual vida y la de muchas personas en la que se sentía reconocida, escenas efímeras y fugaces que se desvanecían sin parar…hasta que las imágenes se volvieron más brillantes, más coloridas, más densas hasta llegar a volverse en imágenes animadas, llenas de vigor.

Todas las personas que allí se habían congregado, en un acto reflejo giraron sus cabezas incapaces de seguir mirando.
La mujer también se alejó de la ventana tan rápido como pudo. Reculando tropezó con su perro que le guardaba las espaldas y cayó de bruces en el suelo espachurrando la bolsa de heces que aferraba en su mano desde hacía ya muchas horas. Quizá demasiadas.

suena:         Holance  -Bon Iver

text:             Carmen Dacal

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cor

 

GRAVITY

-Apoya aquí las piernas que te hago un masajito mientras me explicas que tal te ha ido el día.

Su forma maravillosa de tratarme me hacía todavía más miserable. no podía pensar. Solo quería moverme, moverme hacia cualquier otra parte.

 

En el mundo del amor algunos gestos nacen de un escondite sin nombre, de un espacio sin razón de donde se agita una marea que te lleva caprichosamente aun oponiéndote con todas tus fuerzas. Aunque quieras quedarte a salvo aunque sepas que esa barca que está a punto de pasar tal vez se hunda. Aunque en el mundo de la razón algo te diga que no..si algo te mueve y te llama desde aquel rincón sin ley y si tienes la suerte o la desdicha de que aparezca y pase muy cerca de ti… en ese mismo instante, date por perdido.

Y él pasó muy cerca de mi y por consiguiente estaba perdida. Yo amaba y deseaba a otra persona que no me hacía masaje en las piernas ni me escuchaba con atención infantil todo lo que le contaba, pero cuando me miraba y como en un acto reflejo agachaba la mirada como no creyéndose tenerme en sus brazos, mi cuerpo dejaba de ser sólido y me derretía. Como una montaña de arena húmeda a la que le llegan los rayos de sol y con solo zarandear con suavidad se deshace. Yo me deshacía. Y en aquel momento no había nadie más.

Ni vacaciones en roma, ni sueños compartidos, ni heridas curadas, ni regalos acertados, ni miradas furtivas en la cama mientras alguno de los dos dormía.. no había nada ni nadie más. Por muchos que fueran los recuerdos que años tras año yo hubiera forjado con mi pareja, con mi pareja de siempre, en aquellos momentos en los que estaba en otros brazos, yo empezaba de cero, como si en aquel mismo momento hubiera acabado de nacer y viera por primera vez la luz.

Pero cuando empiezas a sacar a duras penas la cabeza de la vorágine y ves, cada vez más lejos, todo lo que antes tenías a tu alcance, cuando la orilla se aleja y de frente solo hay un inmenso mar, te entra el miedo. El miedo de perder, quizá algo que nunca te perteneció pero que a tu lado sin saber cómo fluyó durante tanto tiempo. Y ahora, en las noches de encuentro estando con una nueva persona me siento de repente bien pero noto que no soy yo o que no soy como era hasta entonces. Y tengo más miedo. Porque ya no sé cual de esos dos yos soy realmente y cual de ellos me causará mejor bienestar, cual me dejará dormir más plácidamente.

Y en un ataque de pánico, vuelvo.

Logro llegar de nuevo a la orilla y entrar en el calor de siempre , en la calidez de lo conocido pero cuando dejo de respirar agitadamente y consigo entrar en calma.. y miro con detalle mi alrededor y veo sus manos masajeando mis piernas, siento, que ya nada será lo mismo.

 

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suena:    Gravity    -Colplay

 

 

 

 

 

text & photo:  carmen dacal

 

 

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+revolution

 

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EL BUCLE INFINITO

[..El dia que ellos me hablaron aunque controlé mis emociones me quedé perturbado como un mono con tutú en una sala de fiesta bailando solo ante todos.

Me iluminaron.

Yo podía verles pero nadie más a mi alrededor podía hacerlo.

Dijeron que yo no era un tipo normal. Que había transgredido las reglas y el comportamiento que un día idearon para nosotros. Decían que los tipos normales, las personas corrientes, soñaban con un alter ego usualmente cuando dormían o en su defecto mientras se embelesaban despiertos en utópicos pensamientos oníricos pero que esto, solo les debía de suceder durante un pequeño instante, que si no, corrían el riesgo de perder la cordura pero yo era diferente; tenía la capacidad de ser otra persona elevada a la mía propia durante más tiempo que el resto de los vulgares sin perder el norte. Ellos me dijeron lo que ya sabía desde hacia mucho tiempo, que yo era un ser extraordinario. Una especie distinguida que destacaba sobre el resto y que en mí, veían gran osadía por descubrir que se podía ser tan diferente y que por ello debía intentar convertir el mundo que me rodeaba a mi imagen y semejanza urdiendo una estrategia acompasada como si de un concierto de violines bien orquestado se tratara.

Y les juro que intenté con todas mis fuerzas dirigir un plan e inundar de fascinación esta tierra. Pero la estupidez humana, pretérita e imperfecta en su mente no ha sido capaz de apreciar lo que de manera desinteresada yo les ofrecí. Tuvieron la gloria en sus manos, la auténtica perfección en un mundo infinito…]

Las fuerzas del canciller se veían mermadas, el veneno que acababa de auto suministrarse comenzaba a apretar su garganta y a dar pequeños latigazos en sus extremidades ya temblorosas por su enfermedad pero continuó hasta acabar su carta póstuma, su carta de despedida, rubricando su gran obra hasta el final de los días.

Decidió cómo, cuándo y dónde debía morir bajo una amenaza, como no podía ser de otra manera. Como solo los dioses lo hacen

Se postró en su sillón de piel preferido y mientras acariciaba a duras penas a su adorable perra ya fallecida por el mismo veneno que él había ingerido, entró en un arrebato uno de sus ayudantes, exultante por haberle encontrado con un hilo de vida todavía. Con desdén y menosprecio el ayudante curvó la espalda acercándose a él y le confesó cara a cara que lamentaba haber sido un cobarde durante todo este tiempo y no haberle asesinado antes pero que, salvaguardar la seguridad de su propia familia le pudo y ante cualquier intento siempre le habían flaqueado las imperiosas ganas. Sin embargo y aunque entendió que aquello ya no era un acto de heroicidad dado la situación agonizante de su ex mandatario volvió a acercarse más a su rostro si cabía para intentar transmitirle más de cerca su rabia y le dijo sottovoce pero con voz firme y rotunda, casi escupiéndole en la cara:

-el infierno le espera, ojalá se hubiera ido antes, antes incluso de haber nacido. Hasta nunca.        Con su desaparición el mundo quedará en paz… libre de tanto dolor, odio y muerte sin sentido.

El reich miró los labios de su irreverente auxiliar y ya moribundo con el último aliento, medio ahogado, abrió de forma desorbitada los ojos enarcando las cejas. Le cogió del hombro y le atrajo hacía si, le dio unos palmaditas en la espalda con fuerza venida de otro mundo y le dijo con una leve carcajada tusígena y burlesca:

– ya me contarás…

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suena:         cat people  -David Bowie (film: Inglorius Bastards)

 https://www.youtube.com/watch?v=bM5mTEavepU

text & photo collage:           carmen dacal

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nikobnsepianeg

YO CLAUDIO

-Cómo me iba a imaginar yo que ese drogado se tiraba desde el balcón y que se hubiera matado. Tuve que ir a su casa a cerrar tratos que teníamos, asuntos pendientes, vamos, no sé si me entiendes, pero ya ves que no te puedes fiar de nadie, por más que uno lo quiera, y mira que le dije que no la liara… -Yo no le maté, pero me da igual lo que me hagan. Ya tengo suficiente– esa fue la primera frase que dijo ante el juez y, curiosamente, la primera en un juicio.

A Claudio, el cloacas, como le llamaban en la ciudad y en una vasta extensión de los alrededores, le acusaban de homicidio y de omisión del deber de socorro. El hombre al que fue a ver, se cayó por el balcón cuando él todavía estaba en su casa, falleciendo pocos minutos después. En la calle había gente suficiente como para que alguien le viera salir del portal.  Los testigos agitados y cinematográficamente descriptivos explicaron a la policía en los primeros interrogatorios, que vieron salir al presunto homicida con cierta rapidez e inquietud y que incluso creyeron verle escupir con rabia sobre el cuerpo moribundo.

Ante esas detalladas declaraciones y ante su historial delictivo, poca coartada podían presentar él y su abogado. Así que a pesar de que Claudio nunca mataba y nunca mentía, fue encarcelado por decisión unánime del jurado, sin la más mínima sombra de la duda.

Se había ganado su apodo por la peculiar forma de perpetrar sus numerosos robos. Conocía la zona subterránea de toda la ciudad mejor que la propia policía,  por eso jamás le habían cogido.

Le faltaban tres años para llegar al cuarto de siglo, pero ya entonces era el delincuente con más causas pendientes del país; por ello había generado cierto misticismo a su alrededor y un aire de leyenda difícil de igualar durante largo tiempo. Pocos podían describir su perfil emocional o la finalidad de sus asaltos. La única información filtrada por fuentes desconocidas era que su única familia, sus padres y hermano, habían fallecido por asfixia mientras dormían por culpa de una estufa estropeada mientras él, trabajaba por la noche recogiendo chatarra y cartones; eso, y que sabía tocar la guitarra, bueno, que su padre le había enseñado a tocar tres o cuatro canciones y que las sabía tocar a la perfección, decían que con el alma en los dedos, sin ni siquiera saber leer una sola nota en una partitura.

Cuando entró en la cárcel le identificaron, le entregaron la ropa y  le pidieron sus pertenencias pero no llevaba nada en los bolsillos, sólo lo puesto. Una sudadera roja con letras de universidad americana desgastadas,  un vaquero azul amarillento y unas zapatillas deportivas que no eran nuevas pero estaban bien cuidadas.  Más tarde le ofrecieron hacer una llamada telefónica pero no escuchó, le volvieron a realizar la pregunta y rechazó hacerla negando con la cabeza. Estaba absorto y con la mirada fija en los papeles de ingreso que le había dado uno de los funcionarios, donde rezaban las normas de convivencia de aquel lugar. Sostuvo y leyó los papeles con más resignación o abatimiento que rabia, pensando que a partir de aquel momento él ya no decidía demasiado sobre su vida. Se sintió extraño, el no seguir sus propias leyes día tras día no era lo habitual, perder la capacidad de movimiento voluntario y en el tiempo deseado era, propiamente dicho, haber perdido la libertad.

Ser recluido, no por sus atracos, si no por un crimen que él no había cometido no lo vió justo, aunque más allá de la justicia, el hecho de dejarse llevar y estar bajo otras órdenes le pareció, pero sólo y quizá, por un breve espacio de tiempo, un perplejo alivio.

Lo llevaron a una sala. Le dijeron que permaneciera sentado en la silla que le indicaron, pero cuando el guardia salió y cerró la puerta tras de sí, no pudo evitar levantarse y mirar a través de la ventana. Todavía era pronto para obedecer demasiado. Mientras esperaba que llegara alguien se quedó observando a uno de los reos que estaba solo en el patio tomando el sol y que sonreía de forma espontánea como si de repente hubiera recordado algo que le produjera simpatía.

Unos minutos después, entraron en la sala un psicólogo acompañado de un estudiante en prácticas para realizarle la entrevista previa al ingreso definitivo. Se sentó frente a ambos e hicieron las presentaciones oportunas. El psicólogo, con una barba profusa y una mirada afable, le indicó en qué consistía la entrevista mientras Claudio iba asintiendo con desgana y observaba su nuevo uniforme con el que ya iba vestido. Ropa de color gris y azul oscuro. Rígida. Se entretuvo durante las preguntas a apretar la tela con la mano hasta acercarla a su piel como queriendo amoldarla a él.

Al final de las preguntas, poco pudieron dilucidar de su perfil con la respuesta esquiva y huraña del nuevo recluso.

Le preguntaron  sobre el recuerdo de su familia, de su infancia, del crimen por el que había sido encarcelado, de los robos que había perpetrado, qué había hecho con el botín, dónde se había escondido durante tanto tiempo y lo único que dijo fue  –a usted eso no le importa ni le preocupa de verdad –esa fue la única respuesta para todo.

Luego pasaron a realizarle unas pruebas de personalidad, a las que se sometió sin oponerse y de forma predispuesta. Se recompuso en la silla de plástico color naranja como si fuera a comerse un delicioso pastel. Le pareció algo divertido, un momento distraído.

Cuando terminó de hacer los test se levantó y no le dijeron nada.

Se acercó de nuevo a la ventana y en el momento que el psicólogo y el aprendiz se disponían a salir de la sala, Claudio se volvió repentinamente y le preguntó al joven -¿llevas mucho estudiando, aprobaste a la primera?-

-No y si, respectivamente- contestó el alumno de forma distante y aplicada, abrazado a sus carpetas de estudio con la barbilla apuntando hacia el techo.

Claudio se le quedó mirando fijamente e hizo un recorrido lento del cuerpo del chico, de arriba a abajo. Observó sin pudor su compostura y le juzgó. Le juzgó, en una primera impresión impulsiva, como a la persona menos persona y más petulante que había conocido hasta el momento, aunque a pesar de ello reconocía para sí mismo y de manera que nadie pudiera apreciarlo, cierta envidia constructiva.

Tras ese intervalo de reconocimiento, Claudio dirigió la mirada al profesor advirtiéndole que lo que iba a decir le apetecía contárselo solo a él. Se giró pensativo hacia la ventana y comenzó a hablar -recuerdo a mi madre… y es que la recuerdo lo mismo que si la tuviera aquí delante- señaló, con su mano extendida, un espacio en la sala donde poder imaginarla -…delgada y alta, graciosa. Era una mujer sabia, la más sabia… y lo bueno de todo, es que yo no le hacía mucho caso pero tengo grabada cada palabra suya y cada cosa que hacía… guiñaba el ojo muy bien, a mi padre le guiñaba el ojo a menudo… y decía también, que las personas en la vida teníamos que mirar de ser fuertes, buenas y capaces de controlar nuestros cabreos… era lista… hizo por mi más que yo por ella… yo no pude hacer nada por ella… no tuve tiempo… a saber qué han hecho algunos de los que están aquí y eso, están aquí…-

El doctor y su acompañante se miraron y retuvieron cada una de las palabras de su paciente. Continuaron mirándole, expectantes, pero sin más suerte.

Claudio ya no contó nada más. Calló e hizo el gesto, casi un acto reflejo, de apartarse el flequillo con un movimiento corto y rápido de la cabeza, sólo que ya no llevaba el pelo largo, porque se lo habían cortado. Rozó su cabeza rapada con la yema de los dedos y se quedó allí mirando a través de la ventana hasta que un funcionario vino a por él.

Una vez acabaron con el protocolo de ingreso, le asignaron un pabellón y una celda. Cuando entró en su zona, a su paso y como alguien nuevo en una comunidad se escuchaba un murmullo entre el resto de los presos. Hablaban sobre lo poco que sabían de él, especulaban sobre “cuanto le había caído”, hablaban sobre su corpulencia física, sobre su misteriosa personalidad. Había entrado con un respeto ganado y más de uno buscaría ser su amigo, a pesar de que él era de pocos amigos, no se fiaba de la mayoría de las personas. Era de los que pensaba que había pocos que fueran  sinceros, y que la mayoría querían cambiarle la personalidad.  Además, el oficio que había tenido hasta el momento, le había ayudado en cierta forma a tener asumida esa creencia.

Le llevaron directamente a los comedores. Era la hora de cenar y decidieron que después podrían enseñarle y dejarle en la celda que le habían asignado. En el comedor no cruzó ni gestos ni palabras con ninguno de sus nuevos compañeros. Había sido un día complicado y el resto de comensales pareció comprenderlo.

Después le acompañaron a la celda. Le explicaron que en su primera noche estaría solo pero que al día siguiente llegaría otra persona  con la que tendría que compartirla.

Se sentó sobre la cama y vio como cerraban la puerta semi-enrejada. Apoyó los codos sobre las rodillas y entrelazó los dedos de sus grandes manos ante él. Dio un vistazo a la pequeña habitación y a pesar de que el tono de las paredes amaromadas y el olor a humedad le evocó el recuerdo de la casa de sus padres, el lugar le resultó frío y tremendamente aburrido. Echó de menos a su hermano, quizá como nunca antes lo había hecho, pero todavía no estaba preparado para ser consciente de todo lo que había sucedido y evitó pensar nada más.

Se tumbó y se quedó dormido casi al instante, aparentemente sin nada por lo que preocuparse, sin tramar ningún nuevo plan.  Sabía que si su comportamiento era bueno podría salir de allí más pronto de lo que el juez había sentenciado, sabía que pasados los años de condena no tendría que devolver el dinero robado y podría utilizarlo para lo que quería, así que se durmió tranquilo, recordando en el amable preludio del sueño, un suave compás de guitarra; la presión exacta de sus dedos en el traste a la distancia perfecta entre sí a lo largo del mástil, tal y como, cuando era un niño, le habían enseñado.

Sin embargo y a pesar del profundo sueño conseguido tras una dulce melodía recreada, a media noche se despertó sobresaltado, con el corazón en la garganta, como en una inoportuna pesadilla.

Tuvo miedo. Como a veces ocurre cuando por fin sobreviene la calma, le entró miedo. Un miedo interior, del subconsciente, de ese tipo de miedo para el que no encuentras respuesta y del que es difícil escapar. Un miedo del que por mucho que te hablen apenas aprendes a dominar, a veces ni en toda una vida. A medianoche se despertó con una ansiedad incontrolable de preguntarse quién era de verdad o para que servía, qué había de importante en él. Qué hacía allí.

Se incorporó y respiró profundamente en un ejercicio de autocontrol y esperó poco a poco a que todos esos pensamientos desaparecieran de su cabeza. Hizo otro repaso visual a su alrededor con ánimo de entretener a la mente: el color de las paredes, una pequeña ranura en una esquina, las estanterías  blancas de yeso, el suelo gris flotante, el colchón de rayas rojas….y en ese recorrido reparador sobrevolando su diminuta estancia apagaron las luces generales.

Y volvió a tumbarse para finalmente quedarse dormido de nuevo como un niño sobrepasado y agobiado por no saber dar una explicación a lo que a veces ocurre y que acaba exhausto tras un fuerte llanto. Solo que Claudio, no lloró.

………

fin de la primera parte

suena:       boys don’t cry  -the cure

 

text & photo:      by carmen dacal

 

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G

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LA LOBA

Si yo fuera rubia de complexión robusta, fuera una ferviente creyente del amor sin fracturas y viviera en un mundo de finales felices se podría decir que en ese mismo momento fuera la atormentada y ficticia Bridget Jones.

Sin embargo, esta no era muy buena comparación porque yo era real, como la vida misma.

Iba a casa de mi familia a cenar, eran navidades en un pueblo frío, pero no en el mediático día de acción de gracias, si no que era la cena velatorio de mi tío lejano Antonio, el cual todavía dudo a qué familia pertenecía , si a la de mi madre o a la de mi padre. Así de lejano era. Solo recuerdo de él, que en los veranos de cuando era pequeña, si pasaba por su lado me cogía del brazo y me decía al oído –eres una loba…Nunca entendí qué quería decirme y entonces ya era demasiado tarde para preguntárselo pero allí estaba yo, ante toda la familia, a la que hacía varios años que no veía, indispuesta a preguntas triviales e interrogatorios insistentes y ante un difunto que guardaba un secreto para mí.

Me abrió la puerta mi única tía; mi tía la que cocina para cuatro batallones de infantería sin mancharse las manos. Nunca he llegado a entender porque cocina tanto, creo que ni ella misma es capaz de saberlo. Lo hace sin más y lo peor de todo es que no puede parar.

Levanté la mirada ante todos, expectantes de mi llegada, de la artista  consagrada en la gran ciudad; mi madre ya se había encargado de recrear mi vida y transformarla en una historia de éxitos entre la familia, del todo inexistente, pero había sido su forma de encajarme en una vida normal y digna de ser contada.

Yo quería vivir del arte, fuera cual fuera la disciplina y cedía poco tiempo a pensar en el amor, lo justo de forma fría y necesaria. Sin embargo mi madre, a pesar de mi búsqueda de un mundo adecuado para mis inquietudes artísticas, tenía cierta y reconocida predilección por mi, pero no la canalizaba de forma positiva, no del todo. Supongo que yo era como una asignatura pendiente, algo de que ocuparse. Con mi padre ya había culminado su labor.

Al rato de estar allí cuando ella me vio, vino hacia mi enarcando la ceja izquierda y clavándome la mirada como una gata felina. Se acercó a mi y me dio un zarpazo en el brazo para empezar a hablarme. Un reclamo básico para buscar mi atención.

máma:   has visto al amigo de tu primo? es abogado

yo:        si, si que lo he visto –no era cierto pero una respuesta negativa hubiera                             sido peor

máma:  y has hablado con él?

yo:        si

máma:  y que te ha dicho? de que habéis hablado? Me gusta para ti

yo:        solo me ha dicho que quiere llevarme a la cama

máma:   no seas burra

yo:        ya, eso me ha dicho, que disfrutaré como una burra

A mi madre estas respuestas la alentaban, todavía había trabajo que hacer conmigo. Al menos eso creía.

Cuando me deshice de sus maternales garras me fui a poner una copa; un Martini con dos aceitunas dentro.

El nivel artístico adjudicado por mi madre sumado al recuerdo que guardaban de una chica inusual propiciaban que me miraran un poco en la distancia. Situación que tenía que agradecer porque pensé que me interrogarían con ansias de saber todo sobre mi, todos  menos mi tío Aurelio, que simpatizaba con la anarquía y hacía caso omiso a todo signo que le olía a hipocresía. Era el único que valía la pena. Era dulce y cariñoso y era de verdad, de esas personas que jamás se venden como buenas y que jamás te juzgan.

 A parte de eso me di cuenta que no tenía un gran vínculo con ninguno de ellos y a pesar de conservar algún recuerdo, no hubo nunca un lazo demasiado estrecho que pudiera sostener una buena conversación pasado mucho tiempo pero tampoco era justo exigir más; esto no se elige.

Miré mi teléfono móvil para ver quién me había escrito y alguien se acercó a mi y me dijo con suavidad –deja el móviil …

Era mi primo y su amigo, el cual no me hubiese importado que me hubiera hecho lo que con anterioridad le había dicho a mi madre.  Tenía una mirada bonita. Nos saludamos, nos hicimos las preguntas de cortesía y al rato se sumó mi tío Aurelio, el padre de mi primo y nos recordó cuando nos hacía subir a los árboles a coger manzanas muy, muy ácidas y nos las comíamos sentados en el porche de su casa. Era agradable estar allí; el atardecer, la manera tranquila que tenía de hablar a mi primo, nuestras risas, su forma de escuchar mis historias infantiles, la calidez retenida en el banco de piedra, las lagartijas entre las macetas…

Me sentí bien recordando aquello, recordar algo bonito produce siempre un bienestar agradable.

Nos quedamos un rato charlando sobre historias que ya daba por perdidas.

Casi me estaba acabando el Martini y rebusqué entre los hielos el palillo con las dos aceitunas, tengo una amiga que dice que las aceitunas del Martini son un pequeño placer, un pequeño detalle que te hace un poco más feliz y quise disfrutarlas igual que ella, pero volvió mi madre y de un manotazo en el brazo me las tiró de entre mis dedos. Sabe que me molesta que me de en el brazo cuando me va a decir algo, sin embargo continúa haciéndolo.

Quería decirme que ella y mi padre me acompañaban en coche al hotel, ellos se quedaban a dormir en casa de mi tía.

Yo reservé una habitación en un hotel pequeño del centro del pueblo, la coartada de mi madre era que necesitaba pensar en un proyecto y quería estar sola e inspirarme. Eso le dijo a todos los que me ofrecieron casa pero la verdad es que yo tampoco quería molestar  y al día siguiente quería irme temprano .

Se hacía tarde, nos fuimos despidiendo unos de otros y hubieron abrazos más cálidos de los que pensé.

El hotel no estaba lejos, a pesar de ello, a mi madre le dio tiempo en el trayecto a describir todos los detalles de la velada e incluso enumerar todos los platos que mi tía había cocinado, algo difícil de recordar teniendo en cuenta la variedad de comida que había habido pero ella era capaz de todo eso y más, aunque lo que me parecía más complicado aún es que alguien la escuchara, y mi padre, curiosamente, parecía hacerlo. Le sonreía a medio gas mientras conducía tranquilo.

Cuando llegamos al hotel les di dos besos desde la parte de atrás del coche y mi padre me dijo –cierra la puerta bien, que siempre la dejas medio abierta. Le dije que eso no era cierto.

Caminé hacia el hotel y entonces mi madre me gritó desde el coche –eres una loba..

Me detuve, me giré a mirarla y me repitió –eres una loba, una loba solitaria

La miré durante varios segundos sin reaccionar y le pregunté –y sabes por qué?

Se encogió de hombros y mi padre aceleró.

 

 

 

suena:           my bloody valentine  -sometimes

 

 

 

 

photo:          sandra canedo by carmen dacal

text:              carmen dacal

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