OUT OF ME

No soy nada especial así como le dije.

Tengo el pelo casi negro, ni liso ni rizado, con ondulaciones. Me brilla cuando me da el sol.  Lo tengo suave y me lo seco al aire libre y se me queda como si hubiera ido a la peluquería. Dicen que eso es una suerte.

Los ojos los tengo casi negros, a veces me pongo línea de ojos negros y máscara de pestañas para resaltarlos y se me ven muy grandes y me hace una mirada muy de cine -dicen mis amigas y también algún amigo.

La nariz la tengo recta aunque se me marca un poco el hueso en la curvatura nasal; no me molesta, a veces hasta me ha entretenido y cuando las cosas no iban bien lo acariciaba y me calmaba un poco.

Tengo la piel siempre como bronceada, es porque tengo mucha cantidad de melanina, bueno no la llaman así exactamente, creo que se llama eumelanina que hace que mi piel sea más oscura, como si siempre estuviera morena. También dicen que es una suerte y no estar pálido a veces o blanco en invierno.

Mi boca es de labios carnosos pero no muy gruesos, el labio de arriba es ligeramente más fino que el de abajo. Y el arco de cupido muy marcado como si estuviera perfilado, pero no acostumbro a pintármelos, así no llamo mucho la atención.

Tengo el cuello esbelto y soy más bien delgada. En las rodillas tengo algunas marcas de heridas de cuando era pequeña y me escondía. Todavía se me notan y por eso no quiero llevar faldas.

Siempre me han gustado las bibliotecas. Es un bien importante en una sociedad. Todo está ahí. Si se quiere destruir el alma de una ciudad solo tienes que quemar en una hoguera todos los libros de su biblioteca. Me entristece pensar que a veces en la historia esto ha sucedido. Había un bibliotecario donde vivía que era muy guapo a mi parecer, llevaba un pendiente de cruz plateado en la oreja izquierda y a veces veía que lo tocaba, a lo mejor también intentaba calmarse por algo. Me transmitía cierta seguridad aunque el no lo supiera. A lo mejor ahora no sentiría lo mismo. Miraba y leía libros pero no me los podia llevar prestados porque me tenían que autorizar en casa.

Ahora un poco más mayor si que podría cogerlos pero sigo estando aquí leyendo mucho rato, aunque en esta biblioteca no hay ningún chico guapo pero bueno quizá es mejor, para evitar distraerme.

He ganado un concurso de dibujo. Teníamos que dejar la lámina colgada en un corcho muy grande habilitado para el certamen. Cuando he venido por la mañana he visto que ponía bajo el dibujo -Ganador 1er premio-. Pensé que tenía que poner –Ganadora- y no –Ganador-. Pero me puse contenta. Era un dibujo sobre las navidades. Todos hicieron un dibujo de cómo eran las navidades en su casa, yo dibujé como me las imaginaba. Me ha felicitado mi profesor y me ha dicho que dibujo muy bien y que llegaré lejos. Y me da risa. No soy nada especial. Los premios los entregaran en unos días, no sé lo que será.

También me gusta la música.

Normalmente tengo frío pero nunca logro recordar un abrazo de mi madre y me entra más frío hasta la frente y me tapo hasta arriba como puedo para no ver nada de nada.  

La señora de la tienda de abajo a la que a veces voy porque me piden algún recado en mi nueva casa es muy amable, habla con mucha educación y a veces aprendo cuando le habla a otras personas y yo escucho. Además de esto, creo que es una persona inteligente porque si son educados contigo, si tienes que comprar otro día más cosas, vuelves allí. Y a veces me guiña un ojo y me da una chocolatina. De pequeña nunca me daban chocolate y ahora me ha dejado de gustar pero yo lo acepto.

Hay una compañera de clase que es muy mentirosa y no me gusta. Porque a menudo cuanta historias a otros compañeros que yo he visto cómo pasaban y las cuenta diferente. Y por eso no me gusta, porque las mentiras son como monstruos invisibles que te rodean y te vuelven irreal; te vuelven a ti mismo más mentira que tus propias mentiras y te van alejando hasta la luna hasta que ya no se te ve y desapareces.

Quiero ser actriz. He hecho alguna obra de teatro en la escuela y me aplauden efusivamente y gritan mi nombre repetidas veces. Y les sonrío con gratitud. He ido a una agencia y quieren llevar mi carrera en exclusiva. También acabaré los estudios pero luego me dedicaré a ello plenamente y me formaré mucho. Dicen que tengo una buena imagen ante la cámara y buenas dotes interpretativas, que no hay nadie que se parezca a mí.

Mi padre a veces pegaba a mi madre y yo me escondía a gatas bajo unas tablas que había en un rincón de la cocina y a veces me arañaba las rodillas con cristales rotos de restos de botellas que se bebían. Olía fuerte como cuando voy a la tienda de debajo de casa cerca de los barriles de vino. Me tapaba los ojos para no ver nada de nada. Se fueron los dos, no se donde, nunca pregunto,  cada vez hace más tiempo, eso es verdad. No soy muy especial. Eso pienso.

De momento escribo hasta aquí porque no me apetece escribir más hasta otro día. Pero me ha ido bien hacerlo tal y como usted me aconsejó. Gracias.

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Liltle Light

Esa caja de mi abuela la habían enviado a casa de mi madre hacía mucho tiempo y nadie antes había querido abrirla. Mi madre quiso que fuera yo quien la custodiara. Entonces era un niño, así que esperé, tal vez de manera inconsciente, hasta que llegara el momento en el que tienes esa paciencia necesaria como para interesarte por la vida de los demás. Me puse cómodo en el sofá, subí la caja a la mesita, corté el precinto con unas tijeras en ambos lados y levanté la tapa.

Dentro estaba lleno de papeles, algunos parecían antiguos, otros no tanto y documentación que parecía oficial. En el fondo de la caja había varias fotos, una de ellas era un retrato de una mujer muy mayor con solo dos manos que me parecieron inmensas para su aparente tamaño.

Fui a echar un vistazo en el cuarto de la niña, ya dormía. Volví al salón y dispuse un par de documentos sobre la mesa,  en la zona más apartada de la chimenea. No sabía si había algún orden, escogí los que me parecieron y comencé a leer.

Escribía mi abuela según la firma. La historia iba sobre una tal Katie Wiener, de 17 años, de un país llamado Rusia. Era inmigrante y había conseguido escapar del incendio que se había producido en su lugar de trabajo; una fábrica textil, en la ciudad de Nueva York. Las puertas habían sido cerradas para evitar robos y por las ventanas no habían podido ser rescatadas porque las escaleras de los bomberos no eran lo suficientemente altas como para alcanzar el piso donde se encontraban. Katie pudo descolgarse por el hueco del ascensor que se había desplomado bajo sus pies con varias mujeres dentro que habían tratado de huir; entre ellas su hermana mayor, sobre la que tuvo que caminar para salvarse e intentar alcanzar las voces de rescate que se oían en las plantas inferiores. –Dejé ese documento, un tanto confundido y seguí leyendo el otro. Éste estaba traducido de una fuente original adjunta “Trabajo para una gran empresa textil –decía el testimonio-  me tienen casi sin comer y sin parar de trabajar durante todo el día, estoy triste, pero no puedo doblegarme. Si no consigo trabajar más no recibiré el dinero para casarme y qué será de mi, quién me querrá”  -Cogí, ávido, otro de los papeles de la caja. A juzgar por la cantidad que quedaba debían de haber ocurrido muchos casos similares. Pero, ¿qué hacía mi abuela entre todo esto? ¿Por qué poseía aquella documentación?

Proseguí leyendo.

 “Vivo en México, trabajo en una fábrica y trabajo en casa. Mi marido ahora esta desempleado y le pido por favor que me ayude con las tareas domésticas, que yo llego rotita a casa, y que tenga a los niños comidos, limpios y cuidados, pero me zarandea y me habla bien cerca de la cara y me recuerda quién se dejó hacer para traer niños al mundo y me dice puta y más cosas.  Y yo pienso que quizá tenga razón. En el trabajo el patrón abusa de mi, me da miedo no consentirle y que me deje en la calle, dice que si hago lo que él me pide, me subirá el salario y así  podré darle un futuro a mis hijos. Que piense en ellos que no sea tan egoísta. Entonces pienso en ellos y no me siento tan culpable de dejarme hacer hasta que entre una chiquita nueva a trabajar y se olvide de mí. Se que no está bien pero lo estoy deseando con todita mi alma, antes que sea peor y me quede con su semilla dentro y acabe como Margarita en el callejón…” –interrumpí la lectura, no podía creer nada ¿por qué le hacían todo eso a esas mujeres?

Rebusqué de nuevo entre la documentación y me detuve en una carta. En la parte superior tenía estampado un membrete, parecía una declaración a un departamento o a una institución. Se presentaba mi abuela y decía -Lo único que hemos podido conseguir es crear varias misiones y una organización de las naciones unidas: ésta tratará de conseguir una sociedad pacífica, próspera, igualitaria y sostenible partiendo de unas premisas. Pero no se si lo conseguiremos. Crear un guardián incorruptible en esta sociedad tan degradada, se presenta como una laboriosa tarea. No sé si lograremos nuestro objetivo. Tengo tantas dudas. A veces los observo y no alcanzo a vislumbrar un horizonte, los veo tan simples en un cerebro tan excelso. Deberíamos esperar un tiempo, volver a analizar a estas poblaciones en unos años.  Mi análisis final y categórico es que esta sociedad es poderosamente inteligente, capaz de crear uno de los planetas más maravillosos que hayan podido existir, por esto quise dedicar mi vida a ayudarles, a intentar guiarles, pero estoy agotada. Quizá haya llegado el momento de descansar y dejar paso a otras ideas. Se que  vendrán otros seres como yo, que vendrán a este planeta desde el nuestro y que asumirán otra identidad, física y emocional porque conozcan también las posibilidades de vivir en un lugar ejemplar como nunca lo habrá. A los que me sucederán les advierto que tendrán momentos de desesperación porque verán sucederse una y otra vez las mismas atrocidades pero que no abandonen, que sigan.

Vendréis con mis mismos anhelos y quizá tengáis la suerte como yo de ser reconocidos pero definitivamente necesitamos más refuerzos, más, más.

Estaba firmado por mi abuela pero esta vez bajo la rúbrica rezaba su apodo secreto en aquella operación.

Teresa de Calcuta

 

 

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Texto:       Carmen Dacal

ZENDA #hombresyalgunasmujeres.

 

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LOST INNOCENCE

 

Era un bola cubierta de restos orgánicos echada en mitad de la calle. No muy grande.
Las personas que pasaban por su lado todavía caminaban con los sueños rezagados en los párpados y con el sabor a café y mantequilla flotando en el paladar. Así que nadie parecía darse cuenta de aquella bola callada. Como fieras amaestradas las personas se distribuían aquí y allí a lo largo y ancho de las calles yendo a sus lugares habituales.
El cielo engreído, ajeno casi siempre a todo lo que sucedía a sus pies, aquel día, se abría condescendiente y envolvía la fría estructura de la ciudad; esparcía su luz sobre los vidrios de los edificios confiriendo destellos infrecuentes a las calles, casi magia.

Una señora que paseaba a su perro  ataviada todavía con atuendo doméstico se agachó a recoger en una bolsa las necesidades de su mascota.
De soslayo miró la esfera quieta, estaba muy cerca y casi podía tocarla. En realidad deseaba tocarla pero aquello no le resultaba reconocible lo mirara por donde lo mirara. Sin poder apartar los ojos de ella, casi hipnotizada, quería esbozar una sonrisa pero sintió un leve escalofrío que le hizo temblar el cuerpo. Miró el reloj de muñeca de forma apresurada y un tanto aturdida. Subió a su casa y al entrar en ella se dirigió a la ventana a espiar. Quería ver si alguien conseguía acercarse a aquella bola que ahora, desde su casa, parecía menos intimidante.
Estuvo así hasta pasado el mediodía, sin desayunar ni ella ni su perro, sin comer, sin casi pestañear. Hasta que vio como un niño cruzó la calle yendo despavorido hacia aquello desconocido. Observó como las personas se arremolinaban a cierta distancia alrededor del chiquillo que asaltaba sin temor aquella esfera singular.
Mientras, la madre boquiabierta, veía desde la otra acera, desde donde su hijo había conseguido zafarse de ella, cómo la bola se hacía más grande, cómo borboteaban babas desde su interior como si estuviera alegre de que por fin alguien le dedicara tiempo y cómo su pequeño introducía valientemente la mano en el interior de esta. Metía la mano y la sacaba en un puño y la abría con fuerza al aire como si liberara a un pájaro enjaulado. De entre el flujo pegajoso fue extrayendo con destreza luces e imágenes y ruido, eran pasajes de vidas humanas y adultas que se quedaban colgadas en el aire durante leves instantes y desaparecían unos segundos después sin poder detenerlas. Lo hizo repetidamente, más de una docena de veces, cada vez con más ímpetu, cada vez más rápido.
El rostro de la mujer perpetrado tras el cristal se iba iluminando con aquellas imágenes como cuando una pared brilla iluminada por la luz de un televisor; en ella se veía reflejada retazos de su actual vida y la de muchas personas en la que se sentía reconocida, escenas efímeras y fugaces que se desvanecían sin parar…hasta que las imágenes se volvieron más brillantes, más coloridas, más densas hasta llegar a volverse en imágenes animadas, llenas de vigor.

Todas las personas que allí se habían congregado, en un acto reflejo giraron sus cabezas incapaces de seguir mirando.
La mujer también se alejó de la ventana tan rápido como pudo. Reculando tropezó con su perro que le guardaba las espaldas y cayó de bruces en el suelo espachurrando la bolsa de heces que aferraba en su mano desde hacía ya muchas horas. Quizá demasiadas.

suena:         Holance  -Bon Iver

text:             Carmen Dacal

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cor

 

GRAVITY

-Apoya aquí las piernas que te hago un masajito mientras me explicas que tal te ha ido el día.

Su forma maravillosa de tratarme me hacía todavía más miserable. no podía pensar. Solo quería moverme, moverme hacia cualquier otra parte.

 

En el mundo del amor algunos gestos nacen de un escondite sin nombre, de un espacio sin razón de donde se agita una marea que te lleva caprichosamente aun oponiéndote con todas tus fuerzas. Aunque quieras quedarte a salvo aunque sepas que esa barca que está a punto de pasar tal vez se hunda. Aunque en el mundo de la razón algo te diga que no..si algo te mueve y te llama desde aquel rincón sin ley y si tienes la suerte o la desdicha de que aparezca y pase muy cerca de ti… en ese mismo instante, date por perdido.

Y él pasó muy cerca de mi y por consiguiente estaba perdida. Yo amaba y deseaba a otra persona que no me hacía masaje en las piernas ni me escuchaba con atención infantil todo lo que le contaba, pero cuando me miraba y como en un acto reflejo agachaba la mirada como no creyéndose tenerme en sus brazos, mi cuerpo dejaba de ser sólido y me derretía. Como una montaña de arena húmeda a la que le llegan los rayos de sol y con solo zarandear con suavidad se deshace. Yo me deshacía. Y en aquel momento no había nadie más.

Ni vacaciones en roma, ni sueños compartidos, ni heridas curadas, ni regalos acertados, ni miradas furtivas en la cama mientras alguno de los dos dormía.. no había nada ni nadie más. Por muchos que fueran los recuerdos que años tras año yo hubiera forjado con mi pareja, con mi pareja de siempre, en aquellos momentos en los que estaba en otros brazos, yo empezaba de cero, como si en aquel mismo momento hubiera acabado de nacer y viera por primera vez la luz.

Pero cuando empiezas a sacar a duras penas la cabeza de la vorágine y ves, cada vez más lejos, todo lo que antes tenías a tu alcance, cuando la orilla se aleja y de frente solo hay un inmenso mar, te entra el miedo. El miedo de perder, quizá algo que nunca te perteneció pero que a tu lado sin saber cómo fluyó durante tanto tiempo. Y ahora, en las noches de encuentro estando con una nueva persona me siento de repente bien pero noto que no soy yo o que no soy como era hasta entonces. Y tengo más miedo. Porque ya no sé cual de esos dos yos soy realmente y cual de ellos me causará mejor bienestar, cual me dejará dormir más plácidamente.

Y en un ataque de pánico, vuelvo.

Logro llegar de nuevo a la orilla y entrar en el calor de siempre , en la calidez de lo conocido pero cuando dejo de respirar agitadamente y consigo entrar en calma.. y miro con detalle mi alrededor y veo sus manos masajeando mis piernas, siento, que ya nada será lo mismo.

 

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suena:    Gravity    -Colplay

 

 

 

 

 

text & photo:  carmen dacal

 

 

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+revolution

 

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EL BUCLE INFINITO

[..El dia que ellos me hablaron aunque controlé mis emociones me quedé perturbado como un mono con tutú en una sala de fiesta bailando solo ante todos.

Me iluminaron.

Yo podía verles pero nadie más a mi alrededor podía hacerlo.

Dijeron que yo no era un tipo normal. Que había transgredido las reglas y el comportamiento que un día idearon para nosotros. Decían que los tipos normales, las personas corrientes, soñaban con un alter ego usualmente cuando dormían o en su defecto mientras se embelesaban despiertos en utópicos pensamientos oníricos pero que esto, solo les debía de suceder durante un pequeño instante, que si no, corrían el riesgo de perder la cordura pero yo era diferente; tenía la capacidad de ser otra persona elevada a la mía propia durante más tiempo que el resto de los vulgares sin perder el norte. Ellos me dijeron lo que ya sabía desde hacia mucho tiempo, que yo era un ser extraordinario. Una especie distinguida que destacaba sobre el resto y que en mí, veían gran osadía por descubrir que se podía ser tan diferente y que por ello debía intentar convertir el mundo que me rodeaba a mi imagen y semejanza urdiendo una estrategia acompasada como si de un concierto de violines bien orquestado se tratara.

Y les juro que intenté con todas mis fuerzas dirigir un plan e inundar de fascinación esta tierra. Pero la estupidez humana, pretérita e imperfecta en su mente no ha sido capaz de apreciar lo que de manera desinteresada yo les ofrecí. Tuvieron la gloria en sus manos, la auténtica perfección en un mundo infinito…]

Las fuerzas del canciller se veían mermadas, el veneno que acababa de auto suministrarse comenzaba a apretar su garganta y a dar pequeños latigazos en sus extremidades ya temblorosas por su enfermedad pero continuó hasta acabar su carta póstuma, su carta de despedida, rubricando su gran obra hasta el final de los días.

Decidió cómo, cuándo y dónde debía morir bajo una amenaza, como no podía ser de otra manera. Como solo los dioses lo hacen

Se postró en su sillón de piel preferido y mientras acariciaba a duras penas a su adorable perra ya fallecida por el mismo veneno que él había ingerido, entró en un arrebato uno de sus ayudantes, exultante por haberle encontrado con un hilo de vida todavía. Con desdén y menosprecio el ayudante curvó la espalda acercándose a él y le confesó cara a cara que lamentaba haber sido un cobarde durante todo este tiempo y no haberle asesinado antes pero que, salvaguardar la seguridad de su propia familia le pudo y ante cualquier intento siempre le habían flaqueado las imperiosas ganas. Sin embargo y aunque entendió que aquello ya no era un acto de heroicidad dado la situación agonizante de su ex mandatario volvió a acercarse más a su rostro si cabía para intentar transmitirle más de cerca su rabia y le dijo sottovoce pero con voz firme y rotunda, casi escupiéndole en la cara:

-el infierno le espera, ojalá se hubiera ido antes, antes incluso de haber nacido. Hasta nunca.        Con su desaparición el mundo quedará en paz… libre de tanto dolor, odio y muerte sin sentido.

El reich miró los labios de su irreverente auxiliar y ya moribundo con el último aliento, medio ahogado, abrió de forma desorbitada los ojos enarcando las cejas. Le cogió del hombro y le atrajo hacía si, le dio unos palmaditas en la espalda con fuerza venida de otro mundo y le dijo con una leve carcajada tusígena y burlesca:

– ya me contarás…

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suena:         cat people  -David Bowie (film: Inglorius Bastards)

 https://www.youtube.com/watch?v=bM5mTEavepU

text & photo collage:           carmen dacal

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nikobnsepianeg

YO CLAUDIO

-Cómo me iba a imaginar yo que ese drogado se tiraba desde el balcón y que se hubiera matado. Tuve que ir a su casa a cerrar tratos que teníamos, asuntos pendientes, vamos, no sé si me entiendes, pero ya ves que no te puedes fiar de nadie, por más que uno lo quiera, y mira que le dije que no la liara… -Yo no le maté, pero me da igual lo que me hagan. Ya tengo suficiente– esa fue la primera frase que dijo ante el juez y, curiosamente, la primera en un juicio.

A Claudio, el cloacas, como le llamaban en la ciudad y en una vasta extensión de los alrededores, le acusaban de homicidio y de omisión del deber de socorro. El hombre al que fue a ver, se cayó por el balcón cuando él todavía estaba en su casa, falleciendo pocos minutos después. En la calle había gente suficiente como para que alguien le viera salir del portal.  Los testigos agitados y cinematográficamente descriptivos explicaron a la policía en los primeros interrogatorios, que vieron salir al presunto homicida con cierta rapidez e inquietud y que incluso creyeron verle escupir con rabia sobre el cuerpo moribundo.

Ante esas detalladas declaraciones y ante su historial delictivo, poca coartada podían presentar él y su abogado. Así que a pesar de que Claudio nunca mataba y nunca mentía, fue encarcelado por decisión unánime del jurado, sin la más mínima sombra de la duda.

Se había ganado su apodo por la peculiar forma de perpetrar sus numerosos robos. Conocía la zona subterránea de toda la ciudad mejor que la propia policía,  por eso jamás le habían cogido.

Le faltaban tres años para llegar al cuarto de siglo, pero ya entonces era el delincuente con más causas pendientes del país; por ello había generado cierto misticismo a su alrededor y un aire de leyenda difícil de igualar durante largo tiempo. Pocos podían describir su perfil emocional o la finalidad de sus asaltos. La única información filtrada por fuentes desconocidas era que su única familia, sus padres y hermano, habían fallecido por asfixia mientras dormían por culpa de una estufa estropeada mientras él, trabajaba por la noche recogiendo chatarra y cartones; eso, y que sabía tocar la guitarra, bueno, que su padre le había enseñado a tocar tres o cuatro canciones y que las sabía tocar a la perfección, decían que con el alma en los dedos, sin ni siquiera saber leer una sola nota en una partitura.

Cuando entró en la cárcel le identificaron, le entregaron la ropa y  le pidieron sus pertenencias pero no llevaba nada en los bolsillos, sólo lo puesto. Una sudadera roja con letras de universidad americana desgastadas,  un vaquero azul amarillento y unas zapatillas deportivas que no eran nuevas pero estaban bien cuidadas.  Más tarde le ofrecieron hacer una llamada telefónica pero no escuchó, le volvieron a realizar la pregunta y rechazó hacerla negando con la cabeza. Estaba absorto y con la mirada fija en los papeles de ingreso que le había dado uno de los funcionarios, donde rezaban las normas de convivencia de aquel lugar. Sostuvo y leyó los papeles con más resignación o abatimiento que rabia, pensando que a partir de aquel momento él ya no decidía demasiado sobre su vida. Se sintió extraño, el no seguir sus propias leyes día tras día no era lo habitual, perder la capacidad de movimiento voluntario y en el tiempo deseado era, propiamente dicho, haber perdido la libertad.

Ser recluido, no por sus atracos, si no por un crimen que él no había cometido no lo vió justo, aunque más allá de la justicia, el hecho de dejarse llevar y estar bajo otras órdenes le pareció, pero sólo y quizá, por un breve espacio de tiempo, un perplejo alivio.

Lo llevaron a una sala. Le dijeron que permaneciera sentado en la silla que le indicaron, pero cuando el guardia salió y cerró la puerta tras de sí, no pudo evitar levantarse y mirar a través de la ventana. Todavía era pronto para obedecer demasiado. Mientras esperaba que llegara alguien se quedó observando a uno de los reos que estaba solo en el patio tomando el sol y que sonreía de forma espontánea como si de repente hubiera recordado algo que le produjera simpatía.

Unos minutos después, entraron en la sala un psicólogo acompañado de un estudiante en prácticas para realizarle la entrevista previa al ingreso definitivo. Se sentó frente a ambos e hicieron las presentaciones oportunas. El psicólogo, con una barba profusa y una mirada afable, le indicó en qué consistía la entrevista mientras Claudio iba asintiendo con desgana y observaba su nuevo uniforme con el que ya iba vestido. Ropa de color gris y azul oscuro. Rígida. Se entretuvo durante las preguntas a apretar la tela con la mano hasta acercarla a su piel como queriendo amoldarla a él.

Al final de las preguntas, poco pudieron dilucidar de su perfil con la respuesta esquiva y huraña del nuevo recluso.

Le preguntaron  sobre el recuerdo de su familia, de su infancia, del crimen por el que había sido encarcelado, de los robos que había perpetrado, qué había hecho con el botín, dónde se había escondido durante tanto tiempo y lo único que dijo fue  –a usted eso no le importa ni le preocupa de verdad –esa fue la única respuesta para todo.

Luego pasaron a realizarle unas pruebas de personalidad, a las que se sometió sin oponerse y de forma predispuesta. Se recompuso en la silla de plástico color naranja como si fuera a comerse un delicioso pastel. Le pareció algo divertido, un momento distraído.

Cuando terminó de hacer los test se levantó y no le dijeron nada.

Se acercó de nuevo a la ventana y en el momento que el psicólogo y el aprendiz se disponían a salir de la sala, Claudio se volvió repentinamente y le preguntó al joven -¿llevas mucho estudiando, aprobaste a la primera?-

-No y si, respectivamente- contestó el alumno de forma distante y aplicada, abrazado a sus carpetas de estudio con la barbilla apuntando hacia el techo.

Claudio se le quedó mirando fijamente e hizo un recorrido lento del cuerpo del chico, de arriba a abajo. Observó sin pudor su compostura y le juzgó. Le juzgó, en una primera impresión impulsiva, como a la persona menos persona y más petulante que había conocido hasta el momento, aunque a pesar de ello reconocía para sí mismo y de manera que nadie pudiera apreciarlo, cierta envidia constructiva.

Tras ese intervalo de reconocimiento, Claudio dirigió la mirada al profesor advirtiéndole que lo que iba a decir le apetecía contárselo solo a él. Se giró pensativo hacia la ventana y comenzó a hablar -recuerdo a mi madre… y es que la recuerdo lo mismo que si la tuviera aquí delante- señaló, con su mano extendida, un espacio en la sala donde poder imaginarla -…delgada y alta, graciosa. Era una mujer sabia, la más sabia… y lo bueno de todo, es que yo no le hacía mucho caso pero tengo grabada cada palabra suya y cada cosa que hacía… guiñaba el ojo muy bien, a mi padre le guiñaba el ojo a menudo… y decía también, que las personas en la vida teníamos que mirar de ser fuertes, buenas y capaces de controlar nuestros cabreos… era lista… hizo por mi más que yo por ella… yo no pude hacer nada por ella… no tuve tiempo… a saber qué han hecho algunos de los que están aquí y eso, están aquí…-

El doctor y su acompañante se miraron y retuvieron cada una de las palabras de su paciente. Continuaron mirándole, expectantes, pero sin más suerte.

Claudio ya no contó nada más. Calló e hizo el gesto, casi un acto reflejo, de apartarse el flequillo con un movimiento corto y rápido de la cabeza, sólo que ya no llevaba el pelo largo, porque se lo habían cortado. Rozó su cabeza rapada con la yema de los dedos y se quedó allí mirando a través de la ventana hasta que un funcionario vino a por él.

Una vez acabaron con el protocolo de ingreso, le asignaron un pabellón y una celda. Cuando entró en su zona, a su paso y como alguien nuevo en una comunidad se escuchaba un murmullo entre el resto de los presos. Hablaban sobre lo poco que sabían de él, especulaban sobre “cuanto le había caído”, hablaban sobre su corpulencia física, sobre su misteriosa personalidad. Había entrado con un respeto ganado y más de uno buscaría ser su amigo, a pesar de que él era de pocos amigos, no se fiaba de la mayoría de las personas. Era de los que pensaba que había pocos que fueran  sinceros, y que la mayoría querían cambiarle la personalidad.  Además, el oficio que había tenido hasta el momento, le había ayudado en cierta forma a tener asumida esa creencia.

Le llevaron directamente a los comedores. Era la hora de cenar y decidieron que después podrían enseñarle y dejarle en la celda que le habían asignado. En el comedor no cruzó ni gestos ni palabras con ninguno de sus nuevos compañeros. Había sido un día complicado y el resto de comensales pareció comprenderlo.

Después le acompañaron a la celda. Le explicaron que en su primera noche estaría solo pero que al día siguiente llegaría otra persona  con la que tendría que compartirla.

Se sentó sobre la cama y vio como cerraban la puerta semi-enrejada. Apoyó los codos sobre las rodillas y entrelazó los dedos de sus grandes manos ante él. Dio un vistazo a la pequeña habitación y a pesar de que el tono de las paredes amaromadas y el olor a humedad le evocó el recuerdo de la casa de sus padres, el lugar le resultó frío y tremendamente aburrido. Echó de menos a su hermano, quizá como nunca antes lo había hecho, pero todavía no estaba preparado para ser consciente de todo lo que había sucedido y evitó pensar nada más.

Se tumbó y se quedó dormido casi al instante, aparentemente sin nada por lo que preocuparse, sin tramar ningún nuevo plan.  Sabía que si su comportamiento era bueno podría salir de allí más pronto de lo que el juez había sentenciado, sabía que pasados los años de condena no tendría que devolver el dinero robado y podría utilizarlo para lo que quería, así que se durmió tranquilo, recordando en el amable preludio del sueño, un suave compás de guitarra; la presión exacta de sus dedos en el traste a la distancia perfecta entre sí a lo largo del mástil, tal y como, cuando era un niño, le habían enseñado.

Sin embargo y a pesar del profundo sueño conseguido tras una dulce melodía recreada, a media noche se despertó sobresaltado, con el corazón en la garganta, como en una inoportuna pesadilla.

Tuvo miedo. Como a veces ocurre cuando por fin sobreviene la calma, le entró miedo. Un miedo interior, del subconsciente, de ese tipo de miedo para el que no encuentras respuesta y del que es difícil escapar. Un miedo del que por mucho que te hablen apenas aprendes a dominar, a veces ni en toda una vida. A medianoche se despertó con una ansiedad incontrolable de preguntarse quién era de verdad o para que servía, qué había de importante en él. Qué hacía allí.

Se incorporó y respiró profundamente en un ejercicio de autocontrol y esperó poco a poco a que todos esos pensamientos desaparecieran de su cabeza. Hizo otro repaso visual a su alrededor con ánimo de entretener a la mente: el color de las paredes, una pequeña ranura en una esquina, las estanterías  blancas de yeso, el suelo gris flotante, el colchón de rayas rojas….y en ese recorrido reparador sobrevolando su diminuta estancia apagaron las luces generales.

Y volvió a tumbarse para finalmente quedarse dormido de nuevo como un niño sobrepasado y agobiado por no saber dar una explicación a lo que a veces ocurre y que acaba exhausto tras un fuerte llanto. Solo que Claudio, no lloró.

………

fin de la primera parte

suena:       boys don’t cry  -the cure

 

text & photo:      by carmen dacal

 

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LA LOBA

Si yo fuera rubia de complexión robusta, fuera una ferviente creyente del amor sin fracturas y viviera en un mundo de finales felices se podría decir que en ese mismo momento fuera la atormentada y ficticia Bridget Jones.

Sin embargo, esta no era muy buena comparación porque yo era real, como la vida misma.

Iba a casa de mi familia a cenar, eran navidades en un pueblo frío, pero no en el mediático día de acción de gracias, si no que era la cena velatorio de mi tío lejano Antonio, el cual todavía dudo a qué familia pertenecía , si a la de mi madre o a la de mi padre. Así de lejano era. Solo recuerdo de él, que en los veranos de cuando era pequeña, si pasaba por su lado me cogía del brazo y me decía al oído –eres una loba…Nunca entendí qué quería decirme y entonces ya era demasiado tarde para preguntárselo pero allí estaba yo, ante toda la familia, a la que hacía varios años que no veía, indispuesta a preguntas triviales e interrogatorios insistentes y ante un difunto que guardaba un secreto para mí.

Me abrió la puerta mi única tía; mi tía la que cocina para cuatro batallones de infantería sin mancharse las manos. Nunca he llegado a entender porque cocina tanto, creo que ni ella misma es capaz de saberlo. Lo hace sin más y lo peor de todo es que no puede parar.

Levanté la mirada ante todos, expectantes de mi llegada, de la artista  consagrada en la gran ciudad; mi madre ya se había encargado de recrear mi vida y transformarla en una historia de éxitos entre la familia, del todo inexistente, pero había sido su forma de encajarme en una vida normal y digna de ser contada.

Yo quería vivir del arte, fuera cual fuera la disciplina y cedía poco tiempo a pensar en el amor, lo justo de forma fría y necesaria. Sin embargo mi madre, a pesar de mi búsqueda de un mundo adecuado para mis inquietudes artísticas, tenía cierta y reconocida predilección por mi, pero no la canalizaba de forma positiva, no del todo. Supongo que yo era como una asignatura pendiente, algo de que ocuparse. Con mi padre ya había culminado su labor.

Al rato de estar allí cuando ella me vio, vino hacia mi enarcando la ceja izquierda y clavándome la mirada como una gata felina. Se acercó a mi y me dio un zarpazo en el brazo para empezar a hablarme. Un reclamo básico para buscar mi atención.

máma:   has visto al amigo de tu primo? es abogado

yo:        si, si que lo he visto –no era cierto pero una respuesta negativa hubiera                             sido peor

máma:  y has hablado con él?

yo:        si

máma:  y que te ha dicho? de que habéis hablado? Me gusta para ti

yo:        solo me ha dicho que quiere llevarme a la cama

máma:   no seas burra

yo:        ya, eso me ha dicho, que disfrutaré como una burra

A mi madre estas respuestas la alentaban, todavía había trabajo que hacer conmigo. Al menos eso creía.

Cuando me deshice de sus maternales garras me fui a poner una copa; un Martini con dos aceitunas dentro.

El nivel artístico adjudicado por mi madre sumado al recuerdo que guardaban de una chica inusual propiciaban que me miraran un poco en la distancia. Situación que tenía que agradecer porque pensé que me interrogarían con ansias de saber todo sobre mi, todos  menos mi tío Aurelio, que simpatizaba con la anarquía y hacía caso omiso a todo signo que le olía a hipocresía. Era el único que valía la pena. Era dulce y cariñoso y era de verdad, de esas personas que jamás se venden como buenas y que jamás te juzgan.

 A parte de eso me di cuenta que no tenía un gran vínculo con ninguno de ellos y a pesar de conservar algún recuerdo, no hubo nunca un lazo demasiado estrecho que pudiera sostener una buena conversación pasado mucho tiempo pero tampoco era justo exigir más; esto no se elige.

Miré mi teléfono móvil para ver quién me había escrito y alguien se acercó a mi y me dijo con suavidad –deja el móviil …

Era mi primo y su amigo, el cual no me hubiese importado que me hubiera hecho lo que con anterioridad le había dicho a mi madre.  Tenía una mirada bonita. Nos saludamos, nos hicimos las preguntas de cortesía y al rato se sumó mi tío Aurelio, el padre de mi primo y nos recordó cuando nos hacía subir a los árboles a coger manzanas muy, muy ácidas y nos las comíamos sentados en el porche de su casa. Era agradable estar allí; el atardecer, la manera tranquila que tenía de hablar a mi primo, nuestras risas, su forma de escuchar mis historias infantiles, la calidez retenida en el banco de piedra, las lagartijas entre las macetas…

Me sentí bien recordando aquello, recordar algo bonito produce siempre un bienestar agradable.

Nos quedamos un rato charlando sobre historias que ya daba por perdidas.

Casi me estaba acabando el Martini y rebusqué entre los hielos el palillo con las dos aceitunas, tengo una amiga que dice que las aceitunas del Martini son un pequeño placer, un pequeño detalle que te hace un poco más feliz y quise disfrutarlas igual que ella, pero volvió mi madre y de un manotazo en el brazo me las tiró de entre mis dedos. Sabe que me molesta que me de en el brazo cuando me va a decir algo, sin embargo continúa haciéndolo.

Quería decirme que ella y mi padre me acompañaban en coche al hotel, ellos se quedaban a dormir en casa de mi tía.

Yo reservé una habitación en un hotel pequeño del centro del pueblo, la coartada de mi madre era que necesitaba pensar en un proyecto y quería estar sola e inspirarme. Eso le dijo a todos los que me ofrecieron casa pero la verdad es que yo tampoco quería molestar  y al día siguiente quería irme temprano .

Se hacía tarde, nos fuimos despidiendo unos de otros y hubieron abrazos más cálidos de los que pensé.

El hotel no estaba lejos, a pesar de ello, a mi madre le dio tiempo en el trayecto a describir todos los detalles de la velada e incluso enumerar todos los platos que mi tía había cocinado, algo difícil de recordar teniendo en cuenta la variedad de comida que había habido pero ella era capaz de todo eso y más, aunque lo que me parecía más complicado aún es que alguien la escuchara, y mi padre, curiosamente, parecía hacerlo. Le sonreía a medio gas mientras conducía tranquilo.

Cuando llegamos al hotel les di dos besos desde la parte de atrás del coche y mi padre me dijo –cierra la puerta bien, que siempre la dejas medio abierta. Le dije que eso no era cierto.

Caminé hacia el hotel y entonces mi madre me gritó desde el coche –eres una loba..

Me detuve, me giré a mirarla y me repitió –eres una loba, una loba solitaria

La miré durante varios segundos sin reaccionar y le pregunté –y sabes por qué?

Se encogió de hombros y mi padre aceleró.

 

 

 

suena:           my bloody valentine  -sometimes

 

 

 

 

photo:          sandra canedo by carmen dacal

text:              carmen dacal

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                                                                                                                                                                                        DOGVILLE

Al amanecer casi sin poder dormir tuvo la necesidad de escribir. No sabía a quien pero quería dejar contada, de alguna manera a alguien, la historia apocalíptica que estaba viviendo. Sacó una libreta del bolsillo donde solía dibujar las ideas de sus nuevos inventos.  Se estiró la ancha espalda y se frotó los ojos, que ya no le brillaban tanto.

“La miré con la cabeza ladeada cuando se dio la vuelta ante mi y se iba a dormir.  Me gustaba observarla caminar y esperar a que se girara y me lanzara un beso. Estaba tranquilo a su lado. Tal vez si estuviera ahora aquí conmigo encontraría una forma de dar sentido a todo esto de una maldita vez. Pero ahora estoy aquí. Solo. Contigo, un perro desconocido. hablándote y escribiendo lo que digo…sabes? cuando alguien te explica la última vez que ha visto a una persona, hay leves coincidencias que envuelven de cierto misticismo la despedida incompleta pero, es la verdad. Aquel día se giró para tirarme un beso pero no me miró directamente y noté algo extraño, un gesto fuera de lo normal, sentí un escalofrío, es cierto, de verdad… pero no le di importancia. Nunca se le da importancia a las intuiciones. Mal. Si hubiera ido hacia ella a buscar su mirada, jugado con ella y le hubiera hecho el amor, nos hubiéramos quedado dormidos toda la noche y yo no hubiera entrado en mi búnker de los inventos; hubiera sido arrasado con ella junto con el resto del mundo..

Cuando sali de mi lugar de trabajo, donde me pasaba horas noctámbulo divirtiéndome como un niño, creando e inventando cosas, algunas al final inútiles , me encontré con el fin de toda mi vida. Mi zona de confort ardía ya débilmente, devastada con tanta rapidez que la exagerada cantidad de cenizas conformaban un nuevo paisaje… gris, corrupto, esquelético..era mi casa, la de los vecinos y hasta donde no alcanzaba a ver adivinaba que todo había corrido la misma suerte. No podía entender que había podido pasar. Posiblemente hubiera sido el fin natural y profético de un mundo caduco y desgastado o tal vez el final de un mundo dañado de colisiones humanas.

Y debo seguir?  No había sido ni mi hora ni mi momento y seguia alli, inmortal en el ocaso.

La busqué inútilmente. Volver a besarla.

Aunque en las primeras horas en cierta manera creí morir, estaba solo sin más, sin que nadie me explicara nada.

Pero a pesar de mi dolor y mi ignorancia pasé los días vagabundeando y poco a poco me volví frío y fuerte y abandoné las ansias de encontrar. Me fui construyendo a mi mismo y habría querido hacerlo con todo lo que tiempo atrás me rodeaba, simular de nuevo milimetricamente mi escena de confort, pero estaba débil físicamente y aunque hubiera reunido fuerzas, habrían detalles que ya no volverían a ser igual. Nunca.

Caminé por los escombros sobre una tierra que ya palpitaba débilmente. Un poco en el limbo. En uno de los momentos más ensimismado en mis pensamientos un hombre endeble salió de la nada y se abalanzó sobre mi. Me dejé zarandear por él, preso todavía de la histeria que yo había dejado atrás en los primeros días, loco, dominado por un miedo y un odio contradictorios y totalmente irrespetuoso. Intentó saquearme los pocos alimentos que había conseguido rescatar sin mediar palabra. De esa forma no hubiera conseguido nada de mí, ni aunque sea la ultima persona con la que poder hablar. Me había vuelto de piedra y ya no necesitaba a nada ni a nadie. Intenté controlarlo zafándome de él pero se derrumbó; cayó desplomado ante mi, incapaz de haber soportado su particular fin. Me arrodillé e intenté reanimarle pero me di cuenta que no había dejado de existir en aquel mismo instante, si no que hacía tiempo ya.

Y así continué caminando hasta encontrarte a ti, un ser astuto. no tienes pliegues existenciales. Me mirabas desde una colina quemada de escombros, me agaché y te acercaste husmeando hambriento mi comida. Sin emabargo buscaste mi mano. Te escurriste entre mis brazos y con el hocico me pediste caricias agitándote a duras penas. Te acaricié durante un largo rato todo lo que tu pelo sucio me permite hacerlo y luego quise compartir contigo mi comida.

Definitivamente creo que muy probablemente el mundo futuro será vuestro.

Ese día y  a pesar de tu agradable encuentro, de repente me sentí doblegado. Toda la fuerza mental que había estructurado en mi cabeza se volvía en mi contra y me desmoronaba.

Era incapaz de mantener los sentidos y en ese mismo momento en el que piensas que ya no puedes más y que cualquier mínimo detalle puede presentarse como una señal definitiva, encontré medio enterrada una pistola o un revólver, no sé, tenía claro que era un arma pero no tanto su calibre o alcance, pero sin duda era una señal. Me agaché y cuando quise cogerla intercediste en mi camino. Ladraste enfurecido cerca de mi cara como nunca lo habías hecho hasta entonces y con las pezuñas acabaste de desenterrar el arma y te la llevaste encajada en tus dientes. La tiraste lejos, estás flaco pero de algún lugar muy profundo sacaste fuerzas y la lanzaste muy lejos.

Entonces me di cuenta que tenias razón. Ésto es solo una mala época. Pasará.”

 

 

 

suena:    love & rockets  -so alive

 

 

photo:    www.lindasaydobsonphotography.com

text:       carmen dacal

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v.o. 3

TENIA QUE SER AQUELLA MAÑANA    (FIN)

Al subir las escaleras para salir del agua, el empleado de mantenimiento se despidió de mi con la mano, sin decirme nada, consciente de la poca atención prestada. Yo no era así, en cualquier momento hubiera charlado con èl, me hubiera interesado por aprender cómo desarrollaba su trabajo, por saber, o posiblemente hubiera hablado de temas triviales, pero se hubiera ido despidiéndose de mi con palabras. Pero esa mañana me tenía que perdonar.

Màs calmada, estirada en la toalla y con la luz del sol más fuerte sobre mi, reflexioné, y aunque no era el momento más equilibrado, me situé en mi lugar. Pensé en que realmente no era para mí, que èl no pertenecería nunca a mi mundo, al menos no del modo que yo lo hubiera deseado.  Al fin y al cabo no había pasado nada entre nosotros y por lo tanto era absurdo pensar que sobre todos, ya estaba él. Esperé a que las gotas de mi piel se evaporaran de forma orgànica, tal como el calor en ese momento permitìa hacerlo. Por un momento me quedé con la mente en blanco y no pensé en nada. Después, me reconcilié con èl. Tal vez no era su momento.

Recogì las cosas y fui hacia la puerta de la piscina. Al salir, cerrè la verja tras de mi. Entonces le vi aparecer con la bici. En segundos y de forma acelerada subió a la acera y yo no supe continuar andando, ni siquiera conseguí mirarle.

Cogió mi mano con suavidad y observó con detalle la yema de mis dedos; maleables de haber estado bajo el agua. Los acarició uno a uno. Miraba sus dedos rozando los míos y por un momento no noté mi cuerpo. Hasta que me miró. Hasta que su mirada dió peso a todo mi mundo y me quedé alli, imparcialmente enamorada, mientras me decía que él siempre venía a nadar a la piscina y que volvería mañana y… que fuera, que estuviera alli y que nadara con èl…

Le sostuve la mirada y entrecerré los ojos para asegurarme bien de que era él, le sonreí con dulzura y me fui.

En los pasos que quedaban hasta entrar en casa pensé, que en la vida, siempre puede ser posible un inoportuno margen de error…

 

 

 

suena:  sesion sensation white from Ibiza   -Dj’s

 

 

photo&text:   carmen dacal

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v.o. 2

TENÍA QUE SER AQUELLA MAÑANA        (II PARTE)

…y permanecí así durante un largo instante, embelesada en recrear recuerdos conjuntos inexistentes. Callada.

Interpretando mi propia sombra y el juego de luz en el agua e intentando adivinar como si fueran las oscuras aguas de un pozo mágico, una imagen profética donde viera qué es lo que pasaría con nosotros, en qué punto nos encontraríamos para quedarnos juntos.

 
Allí estaba yo en la escena de una dulce batalla imaginativa esperando que ocurriera algo similar a lo deseado, hasta que volví a escuchar un fuerte ruido esta vez en la puerta de la piscina, mis manos apretaron la piedra del bordillo y quise ser fuerte y tensa como ella pero mis ojos temblaron justo antes de mirar.

 
Y cuando miré vi que no eras tú, vi que era el señor de mantenimiento de la piscina, enarbolando un recogehojas, entrando inconsciente en mi campo de batalla, emergiendo como un dios neptuno malvado dispuesto a desmantelar mi historia, a arrasarlo todo. Con más ímpetu que el resto de las mañanas del mundo me saludó, con una excesiva felicidad y dicha, con los gestos rebosantes de alegría y ridículos como la gente que se siente ajena al desastre y que causan daños colaterales y fingen parecer no saberlo.

 
Sin pronunciar ni un solo quejido, me así al borde de la piscina y me impulsé hacia el agua, me sumergí hasta  lo más profundo, donde el silencio o las palabras sirven para lo mismo; me acurruqué, me abracé las piernas y mantuve la respiración excediéndome en mi propia naturaleza. Agité la cabeza una y otra vez con la permeabilidad que permite el agua a los movimientos e intenté no odiarte, pero lo hice.  Había decidido aquella misma mañana estar vinculada a ti y tuve que odiarte por cambiar el rumbo, por dejarme sola.

 

Mis lágrimas fluyeron y se fundieron en el mismo agua que el día anterior te había tenido.

 
Mis músculos se laxaron y tuve que dejarme llevar a la superficie para recuperar aliento, floté y respiré agitada. Un poco cansada.

 

 

suena:            belice    -Love of lesbian

 

 

photo&text:     carmen dacal

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